Sumar se descompone: dimisiones, escándalos y el fracaso de una operación diseñada para neutralizar a Podemos

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La crisis que atraviesa Sumar ya no puede ocultarse detrás de ruedas de prensa cuidadosamente preparadas ni de discursos sobre la «unidad de la izquierda». Las dimisiones en su dirección, las investigaciones judiciales que afectan a personas vinculadas a la organización y las crecientes tensiones internas han puesto de manifiesto una realidad que muchos advirtieron desde su nacimiento: Sumar fue un proyecto construido desde arriba, sin raíces militantes sólidas y con un objetivo político que iba mucho más allá de la mera reorganización del espacio progresista.

La reciente salida de figuras clave de la dirección y los problemas judiciales que salpican a personas cercanas a la formación han abierto una crisis de credibilidad difícil de gestionar. Especialmente porque Sumar hizo de la regeneración democrática y de la exigencia ética una de sus principales banderas. Hoy, esos mismos principios parecen aplicarse con un evidente doble rasero.

Mientras que durante años se exigieron dimisiones inmediatas a dirigentes de otras formaciones ante cualquier sospecha o investigación, ahora se buscan matices, interpretaciones jurídicas y excusas procedimentales para evitar asumir responsabilidades políticas. Una actitud que erosiona la confianza de sus votantes y alimenta la sensación de que la ética era más una herramienta de confrontación política que un compromiso real.

Un proyecto sin identidad propia

Sin embargo, los problemas de Sumar van mucho más allá de los escándalos puntuales. La crisis es estructural porque afecta a la propia razón de ser del proyecto.

Desde su presentación pública, Sumar fue impulsado desde importantes sectores mediáticos, empresariales e institucionales que veían en Podemos una fuerza política incómoda. Durante años, Podemos había puesto sobre la mesa debates que el bipartidismo había intentado evitar: la reforma del mercado de la vivienda, la fiscalidad de las grandes fortunas, las puertas giratorias, el papel de la monarquía o la pertenencia a la OTAN.

La irrupción de Sumar coincidió con un momento en el que esos sectores buscaban una izquierda más previsible, menos conflictiva y más integrada en las dinámicas tradicionales del sistema político. Una izquierda que aceptara los límites marcados por el PSOE y renunciara a ejercer presión real dentro del Gobierno.

Con el paso del tiempo, esa percepción se ha visto reforzada por los hechos. Sumar ha terminado asumiendo un papel subordinado dentro del Ejecutivo, respaldando decisiones que anteriormente habría criticado con dureza. Desde el aumento del gasto militar hasta la negativa a impulsar medidas más ambiciosas en vivienda, la formación de Yolanda Díaz ha demostrado una escasa capacidad para condicionar las políticas del PSOE.

Ione Belarra. Secretaria General de Podemos. Foto de Dani Gago.

El miedo a Podemos

Uno de los elementos que mejor explica las contradicciones actuales de Sumar es el temor constante a la recuperación política de Podemos.

Cada vez que la organización morada ha logrado marcar agenda con propuestas propias o ha recuperado presencia mediática, las tensiones dentro de Sumar se han intensificado. La pérdida de apoyo electoral y la fragmentación interna han convertido a Podemos en un competidor que amenaza directamente la supervivencia política de muchos de los actuales cargos de Sumar.

Esta situación genera un problema añadido. Las decisiones sobre principios éticos, alianzas políticas o estrategias electorales parecen estar condicionadas por cálculos de supervivencia interna. El resultado es una organización que transmite improvisación, falta de liderazgo y una creciente desconexión con su base social.

De la ilusión al desgaste

Cuando nació Sumar, sus promotores prometieron una nueva etapa para la izquierda española. Hablaban de ampliar espacios, construir consensos y superar conflictos del pasado. Sin embargo, apenas unos años después, el balance resulta muy diferente.

Las divisiones internas son constantes, las dimisiones se acumulan, los escándalos dañan su imagen pública y la capacidad de influencia política es cada vez más limitada. La formación aparece atrapada entre la dependencia del PSOE y la incapacidad para construir un proyecto autónomo y reconocible.

Mientras tanto, muchos de los problemas que afectan a la mayoría social siguen sin respuesta: la crisis de vivienda, la precariedad laboral, el deterioro de los servicios públicos o el aumento del coste de la vida.

La pregunta que cada vez más personas se hacen es sencilla: ¿para qué nació realmente Sumar?

A la vista de los acontecimientos, crece la sensación de que el proyecto no surgió para transformar la realidad ni para fortalecer a la izquierda transformadora, sino para ocupar el espacio de Podemos y garantizar una relación más cómoda con el PSOE. Una operación política que, lejos de consolidarse, parece hoy atrapada en sus propias contradicciones.

La descomposición interna de Sumar no es solo una crisis de liderazgo o de organización. Es también la evidencia de las limitaciones de un proyecto que nunca consiguió definir una identidad propia más allá de diferenciarse de Podemos. Y cuando una fuerza política se construye principalmente contra otra, corre el riesgo de quedarse sin rumbo cuando esa estrategia deja de funcionar.

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