
Lo que estamos viendo no es un caso aislado ni un simple rifirrafe entre figuras públicas. La petición de 9 años de cárcel para Vito Zopellari Quiles por calumnias e injurias contra Rubén Sánchez pone sobre la mesa una realidad incómoda: en este país, demasiadas veces se ha permitido que el odio ideológico se disfrace de libertad de expresión.
Durante años, ciertos altavoces mediáticos han jugado a dinamitar reputaciones, lanzar acusaciones sin pruebas y convertir la mentira en estrategia política. No es periodismo. Es propaganda. Y lo peor: es propaganda que busca señalar, desgastar y deshumanizar a quien piensa diferente.
Porque aquí no estamos hablando de crítica. La crítica es legítima, necesaria y sana en democracia. Estamos hablando de campañas sistemáticas de difamación que, según la acusación, podrían constituir delitos continuados de calumnias e injurias con agravante de odio ideológico. Y eso, en cualquier democracia seria, tiene consecuencias.
Resulta curioso cómo quienes más gritan “censura” cuando se les cuestiona, son a menudo los mismos que no dudan en utilizar su altavoz para atacar sin límites. Confunden libertad de expresión con impunidad. Y no, no es lo mismo. La libertad de expresión protege opiniones, no mentiras deliberadas ni ataques al honor.
Lo que está en juego en este caso no es solo la reputación de Rubén Sánchez, sino la salud democrática de nuestro espacio público. Si permitimos que cualquiera pueda difamar con total impunidad bajo la etiqueta de “periodista”, lo que estamos haciendo es degradar el debate público hasta convertirlo en un lodazal.
La petición de inhabilitación profesional no es menor. Lanza un mensaje claro: el periodismo no puede ser un refugio para el odio ni una coartada para delinquir. Informar exige responsabilidad, rigor y límites. Y quien los cruza, debe responder.
A algunos les parecerá excesiva la pena solicitada. Pero quizá lo verdaderamente excesivo ha sido normalizar durante demasiado tiempo la mentira como herramienta política. Quizá lo que incomoda no es la posible condena, sino el precedente que puede sentar: que difamar tiene un precio.
Y ya iba siendo hora.



