Un acto que abrazó los marcos de la ultraderecha: cuando la izquierda se convierte en parte del problema

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El acto celebrado ayer por Gabriel Rufián y Emilio Delgado se presentó como un espacio para “repensar la izquierda”, pero terminó reproduciendo exactamente aquello que dicen combatir. Lejos de ofrecer un horizonte transformador, el evento se deslizó hacia un discurso que compró sin matices los marcos de la ultraderecha: miedo, sospecha, identidades amenazadas y una visión profundamente conservadora del conflicto social.

En lugar de confrontar el machismo, el racismo o la criminalización de la pobreza —pilares del discurso reaccionario—, el acto los asumió como si fueran “preocupaciones legítimas” que la izquierda debe incorporar para no quedarse atrás. Ese es el camino más rápido hacia la irrelevancia política: cuando la izquierda deja de disputar el sentido común y se limita a imitarlo, desaparece.
Aceptar esos marcos no es pragmatismo, es renuncia. Y cada renuncia abre la puerta a que la ultraderecha marque la agenda cultural y política.

Un proyecto construido sobre el miedo
El mensaje central del acto fue claro: la izquierda debe replegarse, moderarse y asumir que la sociedad está demasiado asustada como para hablar de derechos, igualdad o justicia social. Ese planteamiento no solo es falso; es profundamente peligroso.
Construir un proyecto político sobre el miedo —miedo al conflicto, miedo a la diversidad, miedo a perder votos— solo conduce a una cosa: dos partidos socialdemócratas compitiendo por el mismo espacio, sin capacidad de transformar nada. Dos PSOE. Dos versiones del mismo proyecto agotado.
La izquierda no necesita duplicarse: necesita valentía


La solución a la crisis de la izquierda no pasa por diluirse, ni por convertirse en una copia tímida del centro, ni por asumir los discursos que históricamente han servido para justificar desigualdades. La solución pasa por recuperar la ambición política, la defensa de los derechos, la claridad frente al odio y la capacidad de señalar a los verdaderos responsables de la precariedad y el malestar.
Cuando un acto político renuncia a todo eso, no está ofreciendo una alternativa: está contribuyendo al problema.
Si la izquierda quiere futuro, debe dejar de pedir permiso
El acto de ayer no abrió caminos; los cerró. No generó esperanza; la administró. No cuestionó el avance reaccionario; lo normalizó. Y una izquierda que normaliza el discurso del adversario deja de ser izquierda.
La tarea no es imitar al miedo, sino enfrentarlo. No es asumir los marcos de la ultraderecha, sino desmontarlos. No es construir un segundo PSOE, sino construir un proyecto que vuelva a hablar de derechos, dignidad y justicia.

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