Los mass media son culpables.

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Cuando los pogromos son televisados

Lo que ha sucedido en Torrepacheco no es un estallido puntual de violencia. Es la consecuencia directa de una maquinaria mediática y política que lleva años sembrando odio racial con total impunidad. Los pogromos que han sacudido este municipio murciano no nacen del aire: son el fruto podrido de un discurso que ha sido blanqueado, legitimado y reproducido en el centro mismo de la sociedad.

La televisión como laboratorio del odio

Durante años, los grandes medios de comunicación han dado voz a los discursos de odio de la ultraderecha para que conviertan a las personas migrantes en el chivo expiatorio perfecto. Programas de tertulia donde se sienta a representantes de la extrema derecha a «opinar» sobre si los inmigrantes son delincuentes. Informativos que abren con «problemas de convivencia» cuando una pelea tiene protagonistas racializados. Editoriales que hablan de «oleadas» como si fuesen plagas. Series, realities y titulares donde la clase trabajadora extranjera aparece sistemáticamente asociada al conflicto.

Ese mensaje ha calado. No solo en la extrema derecha, sino en millones de personas que consumen a diario la narrativa del miedo y la amenaza. Es el mismo mecanismo que en los años 30 permitió el ascenso del fascismo: primero señalar, luego aislar, finalmente atacar.

Vox como detonador

El partido ultraderechista Vox no ha inventado el racismo en España, pero ha sido su gran altavoz institucional. Desde las instituciones, ha pedido expulsiones colectivas, ha hablado de «efecto llamada», ha acusado a los inmigrantes de saturar los servicios públicos que la propia derecha ha privatizado (con diversas corruptelas de por medio) y ha recortado. En Torre Pacheco, como en tantos otros municipios agrícolas donde el trabajo de las personas migrantes sostiene la economía local, Vox ha prendido la mecha con discursos que criminalizan la pobreza y racializan la inseguridad.

La violencia callejera que hemos visto esta semana —grupos de hombres persiguiendo y agrediendo a vecinos por su color de piel— no es espontánea. Es la materialización violenta del discurso que Vox y los medios han inoculado como un virus en la sociedad.

El silencio cómplice

Pero el problema no se detiene en la ultraderecha. El gobierno central de PSOE y Sumar y partidos como el PP (gobernando en casi todas las comunidades autónomas) y Junts han aceptado en silencio este marco discursivo. Han dejado que la conversación pública se centre en el «control de fronteras», en vez de en la explotación laboral, las encarceladas por hacer sindicalismo, los precios de la vivienda o el racismo estructural. Y mientras tanto, las televisiones siguen dando voz al odio como si fuera una opinión más.

No se puede condenar la violencia sin señalar a sus autores ideológicos. No se puede hablar de «convivencia» mientras se sigue criminalizando a quienes viven en las periferias, trabajan en el campo y tienen la piel más oscura. No es convivencia: es represión.

La respuesta es organización

Hay que tejer redes entre barrios, entre generaciones, entre pueblos. Hay que confrontar en cada rincón —en la tele, en la calle, en las redes— el discurso racista, clasista y colonial que lleva demasiado tiempo campando a sus anchas. A protegernos entre nosotras.

Porque lo que está en juego no es solo la dignidad de quienes sufren el racismo, sino el tipo de sociedad que estamos dispuestas a permitir.

No más impunidad. No más pogromos. No más silencio.

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