La ansiada unidad.

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Últimamente volvemos a escuchar el relato de la tan ansiada unidad para que la derecha no llegue al Gobierno. Pasa siempre cuando se van acercando elecciones o cuando el gobierno de turno va tambaleando.

Pero quienes empiezan con el discurso de la unidad siempre son aquellos medios de comunicación que pretenden que nada cambie, que todo siga igual y seguir perpetuando sus formas de actuar mafiosas y acaparadoras del régimen.

Nos han vendido muchas veces la palabra unidad, pero muchas, incluso la han convertido en bandera, en consigna, en discursos de platós y de mítines, en manifiestos y escritos rimbombantes, pero la realidad es que, mientras se abrazaban muchos y muchas por la foto con discursos grandilocuentes, a nosotras se nos vaciaban los bolsillos y se nos seguía complicando el día a día.

Porque si valoramos bien nuestro día a día

¿De qué ha servido esa «unidad» si seguimos pagando 1.000 euros por un piso de 40 metros? (Tengamos en cuenta que no sólo sirve tener una ley de vivienda, sino que quien gobierna quiera ejecutarla y no pervertirla).

¿De qué sirve si el sueldo apenas llega a mitad de mes y la luz, el gas y el aceite nos cuestan más que hace un año? Si, hemos conseguido la subida del SMI, pero el tope a los precios de los servicios esenciales a venido tarde y sin control, pues gentuza como Juan Roig y otros tantos multimillonarios subían los precios pasando de todo y sin ninguna consecuencia.

¿De qué nos sirve si nuestros barrios se llenan de turistas mientras nosotras no podemos vivir en ellos? Si no se expropian las viviendas a los bancos, si no se multa a los grandes rentistas ni se hace control de viviendas vacías seguimos con un parque de viviendas público nulo y con poca opción a derechos de vivienda.

Nos suben el salario mínimo con una mano y nos lo quitan con la otra. Te lo dan en la nómina y te lo quitan en el alquiler, en el súper, en la factura de la luz y del gas.

Y mientras tanto, muchos de los que hablaban de «cambio» desde el Congreso con risas y abrazos, hoy se han acomodado en sus sillas a costa de nuestro trabajo y esfuerzo.

Y lo han hecho con palabras muy bonitas, sí. Con promesas de transformación, también. Utilizando a mucha gente en pro de la unidad que se la creían de verdad.

Pero a la hora de la verdad, la clase trabajadora sigue igual… o peor.

Y nosotras (las de siempre, las que pagamos impuestos, las que levantamos el país trabajando y nuestros puestos de trabajo y levantando las persianas de nuestro comercios) seguimos resistiendo, pero también nos estamos hartando.

Porque cuando hablamos de unidad, no hablamos de siglas, no, nada más lejos de ello.

Hablamos de juntarnos las que curramos en precario, las que limpiamos casas, las que educamos, las que atendemos en tiendas, las que cuidamos.

Hablamos de inquilinas, de pensionistas, de jóvenes que no pueden emanciparse.

Hablamos de los barrios organizados, de los sindicatos combativos, de las plataformas que paran desahucios, de las que alimentan al barrio cuando el sistema falla.

La verdadera unidad no se construye en los despachos, se construye en las plazas, en los piquetes, en las manifestaciones, en las calles, comprando en nuestros barrios y defendiendo a nuestros vecinos y vecinas.

Se construye cuando dejamos a un lado las banderas y los discursos grandilocuentes para mirar a la cara a quien sufre lo mismo que tú.

Porque lo que tenemos enfrente es mucho más grande que nuestras diferencias:

Un sistema que pone la vivienda al servicio del mercado, un gobierno que permite que trabajes y sigas siendo pobre y unas élites que solo se acuerdan de ti cuando necesitan los votos.

La unidad de verdad no es juntar partidos que se autodenominan de izquierdas pero que son ratas sentadas en despachos para aprovecharse de la gente trabajadora y de la esperanza de sus militantes de base que creen en la necesidad de trabajar por y para el pueblo.

La unidad de verdad es juntar luchas, es reconocer que el enemigo no está entre nosotras, sino en quien se beneficia de nuestro agotamiento y es justo esa gente sentada en los ministerios que dicen que viene el coco pero no hacen políticas que protejan lo público y a la gente trabajadora.

Basta de esperar que «nos salven».

No vendrá está gente a decirnos lo que ya sabemos, así que tenemos que cambiarlo desde abajo.

Si queremos unidad, venga, hagámosla real. Pero no desde los discursos, sino desde el hacer, desde el día a día, desde la calle y los hechos, juntando colectivos, coordinadoras, plataformas, sindicatos de barrio, grupos de vivienda, espacios autogestionados y entidades.

Peleando juntos y juntas, no por un escaño, sino por una vida digna para todas.

Porque cuando el pueblo se organiza, ya no nos para nadie. Porque cuando lo hacemos juntas, la rabia se transforma en fuerza.

Y porque esta vez, no vamos a dejar que nos dividan quienes sólo quieren utilizarnos para volver a coger un ministerio, plegarse al PSOE para no cambiar nada.

Unidad sí, pero desde el barrio, con la gente que ha demostrado y demuestra que le preocupa la situación real de nuestro pueblo.

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