El 8 de septiembre, Pedro Sánchez anunció con solemnidad un paquete de medidas “urgentes” para frenar el genocidio en Gaza, entre ellas un embargo de armas a Israel. Lo presentó como un paso firme, casi histórico, que consolidaría jurídicamente una prohibición que —según él— ya se aplicaba “de facto” desde 2023. Sin embargo, apenas una semana después, la realidad ha dejado en evidencia que el compromiso era más retórico que político: el decreto no se ha aprobado, y su tramitación se ha pospuesto indefinidamente. La excusa oficial es la “complejidad técnica” del texto. Pero, ¿Qué complejidad puede justificar que una medida anunciada como urgente se congele durante semanas, mientras continúan las exportaciones e importaciones de material militar con Israel, como han denunciado organizaciones de la sociedad civil?
La sensación es clara: el Ejecutivo actúa por obligación, no por convicción. El embargo no es fruto de una voluntad política firme, sino de la presión de sus socios y de una ciudadanía movilizada que lleva casi dos años exigiendo el fin de la complicidad con el régimen de Netanyahu. Si no fuera por esa presión, es dudoso que el Gobierno siquiera hubiera puesto el tema sobre la mesa.
Mientras tanto, el genocidio en Gaza sigue su curso, con más de 65.000 personas asesinadas, incluidos 20.000 niños. Y España, que podría liderar en Europa una respuesta contundente, se queda atrapada en sus propias contradicciones: proclama principios en los discursos, pero titubea cuando llega la hora de actuar.
El retraso del embargo no es un simple fallo de agenda: es una señal de que, si el Gobierno no se ve forzado por la presión política y social, esta medida podría quedar en el cajón de las promesas incumplidas. Y cada día que pasa sin aprobarse, España sigue siendo cómplice —por acción u omisión— de un régimen que perpetra crímenes de guerra.
La pregunta ya no es si el embargo se aprobará, sino si el Ejecutivo tiene la valentía de hacerlo sin que se lo impongan. Porque la historia no recordará las excusas técnicas, pero sí la tibieza moral.






