Ayer, las calles de Madrid volvieron a ser un clamor. Más de 10.000 personas —según las organizaciones convocantes— se concentraron en el centro de la capital para denunciar el secuestro en aguas internacionales de la Flotilla Sumud, interceptada por la marina israelí cuando intentaba llevar ayuda humanitaria a Gaza. La protesta, convocada de urgencia, se convirtió en una marea de banderas palestinas, pancartas y cánticos que mezclaban la solidaridad con la rabia de una ciudadanía harta de la impunidad.
La manifestación fue pacífica, con un ambiente de dignidad y resistencia. Sin embargo, la respuesta del Estado volvió a ser la represión: la policía cargó contra manifestantes que protestaban de forma no violenta, dejando escenas de tensión y varios heridos. Una vez más, se criminaliza la protesta social mientras se tolera la barbarie internacional.
La indignación se multiplicó al conocerse que el gobierno español, que había enviado un buque humanitario hacia Gaza, decidió retirarlo justo cuando más se necesitaba. Un gesto que muchos interpretan como una claudicación ante las presiones internacionales y una muestra de hipocresía política: titulares de solidaridad que no se traducen en hechos.
En este contexto, las declaraciones de Ione Belarra, secretaria general de Podemos, resonaron con fuerza. Belarra denunció que “la Flotilla acaba de ser interceptada por las fuerzas genocidas israelíes. Hacemos responsables a sus cómplices, todos los gobiernos europeos, de cualquier cosa que ocurra. Han tenido un mes para protegerles y no lo han hecho. Todas con Palestina y todas con la Flotilla”. Además, criticó la “política de titulares que no vale para nada” del Ejecutivo español, reclamando que se actúe ante la Corte Penal Internacional y que se deje de jugar con gestos vacíos mientras se abandona a activistas y población civil.
La protesta de ayer en Madrid no fue un hecho aislado. Se suma a una ola de movilizaciones en todo el Estado y en Europa, donde miles de personas exigen el fin del genocidio en Gaza y la liberación inmediata de las activistas secuestradas. La calle habló alto y claro: la solidaridad no se secuestra, la protesta no se reprime y la complicidad se denuncia.
Lo de ayer fue un grito colectivo que atraviesa fronteras:
¡Basta de genocidio!
¡Libertad para la Flotilla!
¡La calle no se calla!






