13 de diciembre de 1979: la herida abierta de la Transición que vuelve a interpelarnos

0
55

El 13 de diciembre de 1979 constituye uno de los episodios más significativos —y más silenciados— de la violencia política en los inicios de la democracia española. Aquella tarde-noche, en el sur de Madrid, convergieron dos grandes corrientes de movilización: por un lado, la manifestación sindical convocada por CCOO, USO y el Sindicato Unitario contra el proyecto de Estatuto de los Trabajadores; por otro, el masivo movimiento estudiantil que se oponía a la Ley de Autonomía Universitaria y al Estatuto de Centros Docentes. La intersección entre ambas protestas cristalizó un fugaz pero decisivo frente obrero-estudiantil, expresión de una sociabilidad política que desbordaba los márgenes institucionales de la nueva democracia.
Según la documentación histórica consultada, la marcha sindical —cerca de 300.000 personas según los organizadores— avanzó de forma ordenada desde Legazpi hasta Embajadores. Allí, hacia las 21:00 horas, comenzaron a confluir columnas estudiantiles dispersadas previamente por la policía en otras zonas de la ciudad. Los cánticos que emergen en la glorieta —“Obreros y estudiantes, unidos y adelante”— condensan el imaginario de alianza de clase que impregnó buena parte de la cultura política del tardofranquismo y de la primera Transición.

El giro represivo llegó de forma abrupta. Las unidades antidisturbios, hasta entonces expectantes, iniciaron cargas masivas, uso de botes de humo y pelotas de goma. En la Ronda de Valencia, un jeep policial quedó rodeado en medio de la confusión y sus agentes efectuaron alrededor de quince disparos con munición real. Los estudiantes José Luis Montañés Gil, de 23 años, y Emilio Martínez Menéndez, de 20, resultaron mortalmente heridos; varios manifestantes y viandantes fueron alcanzados también por las balas. El archivo de la Transición, los testimonios de prensa e investigaciones posteriores coinciden en señalar este episodio como uno de los casos más graves de violencia policial de la época, marcado por la ausencia de responsabilidades penales y por una persistente sensación de impunidad.

El 13D no solo fue un momento de duelo; también se convirtió en un hito de memoria colectiva y en un recordatorio de las tensiones estructurales entre movilización social, democratización y persistencias autoritarias. Como muestran los estudios sobre protestas y cambio social, la represión no clausura necesariamente la acción colectiva, sino que puede convertirse en un vector de politización y articulación de nuevas identidades. La huelga universitaria del día siguiente, el ciclo de movilizaciones de duelo y las pancartas que proclamaban “José Luis y Emilio, no os olvidamos” son buena muestra de ello.
Más de cuatro décadas después, estos acontecimientos siguen convocándonos a pensar críticamente el relato hegemónico de la Transición: sus silencios, sus márgenes y sus víctimas.

Más artículos en Todo al trece.

Se rompe Vox

El verdadero “Me Too” socialista: los casos de acoso que sacuden al PSOE y la impasividad de Sumar

Extremadura pasa por las urnas

Publicidad

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí