Cuando la moderación desarma: lecciones de Chile.

0
57

La victoria de José Antonio Kast en Chile no irrumpe como un rayo en cielo despejado. Llega tras un ciclo largo de expectativas incumplidas, de reformas a medio camino y de una promesa de cambio que se fue diluyendo entre pactos extraños, vetos cruzados y una pedagogía política cada vez más tímida e irrisoria. El resultado no puede leerse como una adhesión de la población a un proyecto autoritario, no es el clásico y siempre errado «la gente es tonta», todo esto es la consecuencia de un proceso en el que amplios sectores populares dejaron de percibir a la izquierda institucional como una fuerza capaz de transformar de verdad sus condiciones de vida.

En ese contexto, conviene revisar críticamente la utilidad real de los llamados frentes amplios cuando su lógica interna deriva en la moderación sistemática del programa, del lenguaje y del horizonte político. No es cuestión de una discusión identitaria ni de una cuita táctica menor. Es una cuestión estratégica de primer orden que responde a la pregunta de: ¿qué tipo de izquierda puede resistir el avance de la extrema derecha cuando el ciclo político se vuelve adverso?

El problema estructural de los frentes amplios

Los frentes amplios nacen, en teoría, como herramientas para ampliar mayorías sociales y electorales pero en la práctica, demasiadas veces se utilizan como dispositivos de contención de la ideología. Su arquitectura interna (pensada para integrar sensibilidades diversas) tiende a desplazar el centro de gravedad hacia posiciones que resulten aceptables para actores económicos, mediáticos e institucionales ya consolidados. El resultado es un proyecto que administra expectativas y no construye poder popular, no atiende a las demandas más acuciantes de la sociedad y acaba siendo decepcionante, lo que conduce a la ciudadanía a la abstención o al voto protesta en el espectro político inverso.

En Chile, como antes en otros países, esa dinámica produjo un doble efecto corrosivo. Por un lado, la derecha radical encontró un campo fértil para presentarse como la única alternativa clara, con discurso nítido y radical y promesas simples frente a una izquierda percibida como parte del problema, tecnocrática, inútil y vacilante. Por otro, una parte significativa de la base social que había protagonizado movilizaciones masivas experimentó frustración, desmovilización y, finalmente, retirada del terreno político institucional.

La extrema derecha no avanza únicamente por su propia fuerza. Avanza, sobre todo, cuando el adversario renuncia a disputar el sentido común en términos materiales y simbólicos, dejando el campo de batalla política vacío de un ejército de ideales que rápidamente ocupa el neoliberalismo de la mano de la derecha más reaccionaria.

Precedentes históricos: cuando el péndulo se acelera

La historia reciente ofrece paralelismos elocuentes. En América Latina, los ciclos progresistas que no lograron consolidar transformaciones estructurales (especialmente en materia de redistribución, control de sectores estratégicos y democratización económica) dejaron tras de sí escenarios propicios para reacciones conservadoras agresivas. Brasil tras el agotamiento del lulismo moderado, Argentina después de etapas de gestión defensiva, o incluso Ecuador tras la descomposición del correísmo y la moderación de la izquierda, todas ellas muestran un patrón común: cuando la promesa de cambio se convierte en gestión prudente y connivente con el poder fáctico, la derecha radical capitaliza el malestar.

Europa no es ajena a esta lógica. La socialdemocracia alemana tras la «Agenda 2010», el socialismo francés tras la presidencia de Hollande o el caso griego después de la capitulación de Syriza frente a las instituciones europeas evidencian que la renuncia explícita a confrontar intereses estructurales de clase no sirve para desactivar a la derecha; la legitima y le da armas dialécticas que destrozan cualquier posibilidad de articular cambios reales. El péndulo no se queda quieto en el centro: oscila con violencia cuando se le priva de alternativas creíbles a la izquierda.

Chile como advertencia, no como excepción

El triunfo de Kast debe entenderse como una advertencia sistémica. No ha emergido únicamente de una batalla cultural ganada por la derecha, ha emergido de un vacío estratégico dejado por una izquierda que, en nombre de la gobernabilidad, fue estrechando su propio marco de acción. La promesa constitucional, las reformas sociales y la democratización profunda del país quedaron atrapadas en un laberinto institucional que erosionó la confianza popular y desmovilizó a los actores que protagonizan la batalla cultural en la calle, en los centros de trabajo y en las casas.

Cuando la política deja de ser un instrumento para disputar el poder real y se convierte en un ejercicio de administración de límites y «bienquedismo», el terreno queda libre para proyectos autoritarios que prometen orden, identidad y certidumbre. No porque ofrezcan soluciones reales a la clase trabajadora, de hecho es más bien al contrario si nos atenemos a sus políticas, sino porque hablan sin ambages a un malestar que otros prefieren amortiguar y no ponen cortapisas a sus programas electorales.

El espejo español

El paralelismo con el gobierno de España resulta inevitable. La experiencia de coalición progresista ha demostrado nulos avances en derechos y políticas públicas y varios intentos de recortes en derechos, con la propia ministra de trabajo pidiendo escuelas infantiles 24 horas e incumpliendo todas y cada una de sus promesas electorales en pos de una gobernabilidad que cada día se hace más difícil, pero también, ha evidenciado los límites de una estrategia basada en la moderación permanente y en la subordinación a marcos económicos intocables. La contención del conflicto social, la renuncia a reformas estructurales en vivienda, sanidad, educación, energía o sistema productivo, y la aceptación de consensos heredados del bipartidismo han generado una sensación creciente de estancamiento y el ruido de sables de unas, presumiblemente, muy próximas elecciones generales.

Ese clima no fortalece a la izquierda, la debilita frente a una extrema derecha que crece alimentándose de frustraciones acumuladas y un ‘lawfare’ que ahora también alcanza al principal partido del gobierno y a la judicatura. Al igual que en Chile, el riesgo no es solamente de la fuerza del adversario, que ya de por sí cuenta con resortes en el régimen que lo protegen, además también habita en la incapacidad de ofrecer un horizonte claro de transformación que merezca la pena ser defendido por la gente incluso en contextos adversos.

Resistir hasta que el péndulo cambie

La enseñanza central es incómoda pero es más necesaria que nunca. Las fuerzas de izquierda que sobreviven a los ciclos reaccionarios no son las que se mimetizan con el centro político, capitulan sus ideas y olvidan «el motivo que les trajo aquí», son las que mantienen coherencia, arraigo social y una narrativa comprensible sobre el conflicto, son aquellas capaces de articular un discurso que interpele a amplias capas de la población en aquello que les une, las que son valientes y tienen una juventud a la vanguardia que abre paso en en la selva ideológica que empuja desde abajo. Aguantar el embite de la extrema derecha implica asumir momentos de aislamiento institucional, presión mediática y derrota electoral, sin abandonar el proyecto ni diluirlo en fórmulas rocambolescas o imitaciones pobres de lo que funcionó en un determinado momento o en X país.

El péndulo político siempre se mueve, pero no lo hace solo, cambia de lado cuando existen organizaciones capaces de sostener una posición clara, de acompañar a las mayorías en sus derrotas y de estar preparadas ideológicamente cuando la ventana de oportunidad se abre de nuevo. Chile muestra lo que ocurre cuando esa preparación se sustituye por la expectativa de una estabilidad fantasma. España haría bien en tomar nota.

No se trata de nostalgia ni de maximalismo retórico. Se trata de comprender que, sin una izquierda dispuesta a confrontar intereses y a asumir costes políticos, el espacio político se llena de soluciones autoritarias. Y que la moderación, lejos de ser un refugio seguro, suele ser el preludio de retrocesos más profundos.

Más artículos en Todo al Trece:

Se rompe Vox

El verdadero “Me Too” socialista: los casos de acoso que sacuden al PSOE y la impasividad de Sumar

13 de diciembre de 1979: la herida abierta de la Transición que vuelve a interpelarnos

Publicidad

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí