Sumar intenta reinventarse para no desaparecer en plena crisis interna

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Según publica El Confidencial, Sumar estaría preparando un nuevo intento de reinventarse y relanzar un proyecto que, a ojos de muchos sectores sociales y militantes, nació como un experimento fallido. La operación, lejos de ser un ejercicio de renovación política, parece más bien un movimiento desesperado para evitar la pérdida de espacios institucionales por parte de IU, Más Madrid, los comunes y la propia Sumar.
Estas fuerzas, que en los últimos años han ido perdiendo conexión con amplias capas sociales, buscan ahora reagruparse para frenar el avance de Podemos, especialmente después de lo ocurrido en Extremadura, donde el crecimiento morado ha alterado los equilibrios internos de la izquierda estatal. El mensaje es claro: por separado, muchas de estas organizaciones tendrían enormes dificultades para obtener representación parlamentaria, y la única salida que contemplan es reconstruir un frente común que les permita conservar sus posiciones y privilegios que es lo único que les interesa.
Sumar: de promesa transformadora a partido del régimen del 78
Durante esta legislatura, Sumar ha pasado de presentarse como un espacio de renovación a convertirse en un partido más del régimen del 78. Su presencia institucional no se ha traducido en propuestas ambiciosas ni en políticas transformadoras, muy lejos de lo que representó Podemos durante su etapa en el Gobierno. Precisamente aquellas iniciativas que incomodaban al PSOE y que abrían debates profundos sobre vivienda, energía, derechos sociales o democratización del Estado.


La diferencia entre ambos proyectos se ha hecho cada vez más evidente: mientras Podemos ha mantenido un perfil combativo, incluso a costa de pagar un alto precio político y personal, Sumar ha optado por una estrategia de integración en la lógica institucional tradicional, renunciando a confrontar a los poderes económicos y mediáticos.

Los partidos que orbitan alrededor del PSOE y se autodefinen como su ala a la izquierda, aunque no lo sean, parecen más preocupados por mantener su presencia en las instituciones que por impulsar cambios reales. Para muchos sectores sociales, esta “izquierda” ya no representa una alternativa transformadora, sino un complemento dócil del partido socialista.
El temor a que Podemos siga creciendo explica buena parte de los movimientos actuales. La formación morada no se deja comprar, que mantiene los pies en la calle y que conoce de primera mano los problemas reales de la gente. Esa conexión social, unida a su capacidad para incomodar a los poderosos, es precisamente lo que diferencia a Podemos de quienes viven encerrados en despachos, desconectados de la realidad cotidiana.


La disputa no es solo electoral, sino de modelo político. Por un lado, un bloque que busca recomponerse para sobrevivir dentro del sistema. Por otro, una fuerza que reivindica su papel como actor incómodo, dispuesto a asumir costes por defender políticas valientes y mejorar la vida de la gente pero de verdad.
El intento de reiniciar Sumar puede interpretarse como un movimiento para frenar ese avance y preservar un espacio político que, sin una operación de este tipo, podría diluirse. La pregunta es si la ciudadanía volverá a confiar en un proyecto que ya mostró sus límites o si, por el contrario, optará por quienes aseguran mantener una coherencia política y un compromiso real con las mayorías sociales como ya a demostrado sobradamente Podemos.

Resulta especialmente llamativo el papel de Más Madrid en este nuevo intento de recomposición. En la Comunidad de Madrid, donde es el único territorio en el que conserva una fuerza electoral significativa, el partido mantiene una postura completamente cerrada a cualquier tipo de unión o confluencia. Allí, donde se juega su supervivencia política directa, rechaza de forma tajante cualquier alianza que pueda diluir su marca o cuestionar su liderazgo regional.
Sin embargo, en el plano estatal la actitud cambia por completo. Más Madrid se muestra dispuesto a explorar cualquier tipo de acuerdo, coalición o integración dentro de Sumar, incluso aceptando posiciones secundarias o renunciando a parte de su autonomía política, que de todos modos en la Comunidad de Madrid es muy dispersa. Esta contradicción evidencia que su estrategia no responde a un proyecto político coherente, sino a un cálculo estrictamente electoral: proteger su bastión madrileño mientras se asegura presencia en el Congreso a través de una plataforma más amplia.
La pregunta que muchos se hacen es evidente: si la unidad es tan necesaria a nivel estatal, ¿Por qué no lo es en Madrid, donde la fragmentación ha debilitado sistemáticamente a la izquierda frente al bloque conservador? La respuesta parece estar más relacionada con la preservación de espacios de poder que con la voluntad real de construir un proyecto transformador.

Izquierda Unida atraviesa desde hace años una situación estructural que condiciona todas sus decisiones: su dependencia casi total de las coaliciones para mantener representación institucional. Desde hace más de una década, IU ha visto cómo su peso electoral se reducía de forma constante, hasta el punto de que, en la mayoría de territorios, presentarse en solitario equivaldría a desaparecer del mapa político por eso se acerco a Podemos.
Esta fragilidad explica su predisposición permanente a integrarse en cualquier plataforma que le garantice presencia parlamentaria, incluso a costa de diluir su identidad política. IU ha pasado de ser un espacio con proyecto propio a convertirse en una organización cuya prioridad es asegurar puestos en listas conjuntas, más que impulsar una agenda transformadora. En este contexto, Sumar se presenta como la tabla de salvación que evita un descalabro electoral aún mayor y que no tenga que enfrentarse a los poderosos.
La paradoja es evidente: una fuerza que históricamente defendió la autonomía política de la izquierda se ha convertido en uno de los pilares más dependientes de las alianzas para sobrevivir. Y esa necesidad condiciona su alineamiento actual con Sumar, incluso cuando el proyecto muestra signos claros de desgaste.

El caso de los comunes sigue una lógica similar, aunque con matices propios del espacio catalán. Desde su integración en Sumar, los comunes han adoptado una posición de alineamiento casi total con la dirección estatal del proyecto. Su estrategia pasa por reforzar la marca Sumar en Cataluña, incluso si eso implica renunciar a parte de su identidad política y a la autonomía que en su día reivindicaron.
Este alineamiento responde a dos factores clave. Por un lado, la pérdida de influencia que han sufrido en Cataluña frente a otras fuerzas progresistas y soberanistas. Por otro, la necesidad de mantener presencia en el Congreso, algo que sería mucho más difícil sin una plataforma estatal que les garantice visibilidad y estructura.
El resultado es un espacio que, lejos de recuperar el impulso transformador que tuvo en sus inicios, se ha acomodado en una posición subordinada dentro de Sumar. Los comunes han pasado de ser una fuerza que aspiraba a cambiar las reglas del juego a convertirse en un actor que se limita a sostener un proyecto en declive.

Mi conclusión:

El intento de Sumar de reinventarse para no desaparecer, la cerrazón territorial de Más Madrid combinada con su apertura estatal, la dependencia estructural de IU de cualquier coalición que le garantice supervivencia y el alineamiento acrítico de los comunes dibujan un panorama claro: estamos ante un bloque político que se mueve por inercia, más preocupado por conservar espacios que por transformar la realidad.
La mal llamada “izquierda del PSOE” se ha convertido en un conjunto de organizaciones atrapadas en su propia lógica institucional, incapaces de ofrecer un proyecto ilusionante, coherente o valiente. Su prioridad no es la ciudadanía, sino la continuidad de sus estructuras internas. Por eso buscan recomponerse una y otra vez, aunque el resultado sea un proyecto cada vez más débil, más burocrático y más alejado de la calle.


Frente a ello, Podemos emerge como la única fuerza que mantiene un rumbo propio, que no se deja domesticar y que sigue dispuesta a confrontar a los poderes económicos, mediáticos y políticos, incluso cuando eso implica pagar un precio alto. Esa diferencia —la coherencia, la valentía y la conexión real con los problemas cotidianos— es precisamente lo que explica por qué intentan frenar su avance a toda costa.
La batalla que se abre no es solo electoral: es una disputa entre dos modelos de entender la política. Uno que se aferra a los despachos, a los pactos internos y a la supervivencia institucional. Y otro que sigue apostando por la calle, por la gente común y por la transformación profunda del país, como es Podemos.
El tiempo dirá cuál de los dos proyectos conecta con una ciudadanía cansada de simulacros y ansiosa de cambios reales. Pero lo que ya es evidente es que, mientras unos se reorganizan para no desaparecer, otras siguen construyendo para ganar.

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