
Para Richard Wolff, la supuesta intervención de Estados Unidos en Venezuela el 3 de enero de 2026 no fue una demostración de poder, sino una confesión de debilidad. Un gesto torpe, ruidoso y tardío que delata el agotamiento de un orden que ya no se sostiene por persuasión económica ni por liderazgo político. Cuando el dinero deja de obedecer, entra en escena la fuerza. Y eso, en la historia de los imperios, nunca es una buena señal.
La advertencia que atraviesa el análisis de Wolff es directa: antes de Groenlandia está México. Antes de las fantasías geoestratégicas lejanas, el verdadero frente de batalla está en América Latina. Y antes del territorio está la moneda.
Venezuela: petróleo, precedentes y amenazas
Venezuela aparece como detonante, no como causa única. No por su discurso político, sino por una combinación que inquieta a Washington: las mayores reservas de petróleo del planeta y la decisión de comerciar fuera del circuito del dólar. Integrarse en redes económicas vinculadas al bloque BRICS y profundizar acuerdos con China no es un detalle técnico: es una ruptura con la arquitectura financiera que ha permitido a Estados Unidos mandar sin gobernar.
La elección del 3 de enero no fue casual. Conmemora la captura de Manuel Noriega en Panamá, un recordatorio de que, cuando la autoridad estadounidense se veía desafiada en el continente, la respuesta era el castigo ejemplar. El mensaje no iba dirigido solo a Caracas. Era un aviso regional: quien se salga del guion pagará un precio.
La factura de la fuerza
Como casi siempre, la factura no la pagan quienes deciden. El coste real de la operación, muy superior al anunciado oficialmente, vuelve a mostrar el patrón: gasto público descomunal, beneficios privados concentrados y ciudadanos asumiendo las consecuencias vía impuestos y encarecimiento energético. El complejo militar-industrial y las grandes petroleras vuelven a aparecer como ganadores automáticos. La fuerza es rentable. La democracia, no tanto.
Pero, para Wolff, el problema de fondo no está solo en el petróleo ni en el negocio de la guerra. Está en algo más profundo y más peligroso para Washington: el colapso de su monopolio financiero.
UNIT: la revolución que no pide permiso
El verdadero punto de inflexión, sostiene Wolff, se produjo el 31 de octubre de 2025 con el lanzamiento de UNIT, la primera alternativa funcional al dominio del dólar desde la Segunda Guerra Mundial. No hubo desfiles ni declaraciones solemnes. Por eso la llama una revolución silenciosa.
UNIT no es una moneda simbólica. Está respaldada por oro físico y por una cesta de monedas de los BRICS. Opera a través de Brickpay, un sistema de pagos que no pasa por SWIFT ni por la infraestructura controlada por Estados Unidos. Transacciones rápidas, costes mínimos y, sobre todo, independencia técnica. Traducido a lenguaje político: Washington pierde la capacidad de vigilar, sancionar y asfixiar economías enteras con un clic.
Cuando el comercio deja de hablar dólar, el imperio se queda sin su arma más eficaz.

México, el eslabón decisivo
Aquí es donde entra México. Aunque no sea miembro formal de los BRICS, Wolff lo sitúa ya como un nodo central del nuevo sistema. Contratos industriales liquidados en UNIT, exportaciones automotrices a Brasil, maquinaria desde India, flujos financieros que el Banco de México observa con atención. No es retórica: es práctica económica en marcha.
Las previsiones de inversión para 2026 refuerzan esta posición. Decenas de miles de millones procedentes de China, India y Emiratos Árabes, denominados en yuanes, rupias y UNIT, no en dólares. México empieza a funcionar como puente entre dos mundos: el viejo orden dominado por Estados Unidos y un sistema multipolar que ya no pide permiso.
La reacción de Washington: nerviosismo y amenazas
En este contexto, las amenazas de presión militar o económica contra México dejan de parecer una estrategia y empiezan a parecer pánico.
Para Wolff, no son gestos de fortaleza, sino actos desesperados. Si el comercio migra a UNIT, Estados Unidos pierde la capacidad de usar sanciones financieras y chantaje tecnológico como herramientas de política exterior. Pierde, en suma, su capacidad de castigar sin disparar.
La paradoja es evidente: cuanto más presiona Washington, más acelera la transición. Obliga a México a buscar refugios financieros alternativos, a blindar su soberanía económica y a diversificar alianzas. El efecto búmeran vuelve a cumplirse: la intimidación produce independencia.
Cuando el cambio llega a la vida cotidiana
Wolff insiste en que este giro no es abstracto. Afecta a la vida diaria. Remesas casi sin comisiones, créditos menos expuestos a la volatilidad del peso, pequeñas y medianas empresas exportando directamente a Asia sin pasar por Wall Street. La soberanía financiera deja de ser un concepto académico y se convierte en experiencia concreta.
Y con esa experiencia cambia la política. Tener alternativas reales permite decir “no” sin provocar el colapso económico. Y eso altera radicalmente el equilibrio de poder.
El fin del privilegio
En conjunto, Wolff sostiene que el monopolio del dólar se ha resquebrajado. Estados Unidos ya no puede imprimir dinero sin límites y trasladar el coste al resto del mundo. La intervención en Venezuela, la presión sobre México y el tono cada vez más agresivo no son signos de control, sino de transición forzada.
La imagen final es incómoda pero clara: durante décadas, México solo podía hablar “dólar” para entenderse con el mundo. Washington controlaba la conversación. Hoy empieza a manejar un nuevo idioma financiero. Y cuando el lenguaje cambia, el poder deja de estar donde siempre estuvo.
El imperio puede seguir golpeando. Pero cada golpe confirma lo mismo: que ya no manda como antes.
Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=s8CUUK3NtV0

Profesor-Tutor en la UNED y experto en protestas
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