Adamuz, accidente o consecuencia

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Lo primero de todo antes de empezar a escribir sobre lo ocurrido en Adamuz quiero mandar todo mi apoyo y cariño a las victimas y a sus familiares y amigos/as.

En estos días estamos viendo muchas imagenes que se están difundiendo en diferentes medios de comunicación y en redes sociales que están abriendo una herida colectiva que hace a su vez que nos hagamos muchas preguntas, ¿se podría haber evitado?

Según la comisión de investigación (CIAF) el primer indicio apunta a una rotura o alteración de la vía, pero aún queda por determinar si esto ha sido la causa o la consecuencia del descarrilamiento, también hay indicios de que la vía ya estaba defectuosa.

Lo ocurrido en Adamuz no puede ni debe explicarse como un caso aislado. No fue un error humano, ni una casualidad técnica, ni un episodio inevitable, el accidente ferroviario que ha sacudido a Andalucía y al conjunto del país es, ante todo, la consecuencia directa de años de abandono, de desinversión deliberada y de una concepción del transporte público cada vez más sometida a lógicas privadas y mercantiles.

La liberalización del sector ferroviario ha hecho que la circulación de trenes se haya multiplicado, lo que implica que el mantenimiento de las vías debería ser más frecuente. La liberalización también ha supuesto enormes beneficios para las empresas que los gestionan, pero esto no se ha visto reflejado en las inversiones necesarias para el mantenimiento de la red.


Cuando un tren descarrila, descarrila también un modelo que ha priorizado la rentabilidad económica sobre la seguridad, la propaganda sobre el mantenimiento, y las grandes cifras de ganancia sobre las personas.

El esfuerzo por abaratar costes para enriquecer a unos pocos exprimiendo así, a la clase trabajadora en un sistema en el que se priorizan los beneficios de los empresarios por encima de la seguridad y las vidas de la ciudadanía, trae este tipo de consecuencias.

Adamuz está hoy marcado por el dolor, pero también debería ser un punto de inflexión político y social.
La red ferroviaria española lleva años deteriorándose en silencio. Líneas convencionales envejecidas, sistemas de señalización obsoletos, personal reducido al límite y al cual no se escucha y una inversión pública claramente insuficiente, han ido configurando un escenario de riesgo permanente.

Lo grave no es solo que ocurra un accidente, sino que, a la vista de lo sucedido después en Cataluña, empiece a parecer que lo excepcional se está convirtiendo en norma.
Los incidentes posteriores en Rodalies, con descarrilamientos, interrupciones del servicio y víctimas mortales, no son hechos desconectados. Forman parte del mismo problema estructural, la falta de una apuesta decidida por un ferrocarril público, seguro y bien financiado. Cataluña lleva años denunciando el colapso de su red ferroviaria, la precariedad del servicio y la ausencia de inversiones reales.

(Desde aquí todo mi apoyo a la huelga convocada por los maquinistas)


Lo ocurrido en Córdoba me deja sin palabras, me recuerda una verdad que a menudo olvidamos, la importancia vital de los servicios públicos de emergencias.

Cuando la normalidad se rompe en cuestión de segundos, hay personas que no dudan, que no miran el reloj ni el cansancio. Profesionales que salen al encuentro del peligro con un único objetivo, proteger la vida, aliviar el dolor y devolver algo de calma en medio del caos.
Sanitarios, bomberos, fuerzas de seguridad y personal de protección civil han trabajado estos días de forma coordinada, muchas veces en silencio y lejos del reconocimiento, sosteniendo a la sociedad en sus momentos más frágiles, gracias por vuestro trabajo, gracias también a todas las vecinas y vecinos voluntarios/as que no dudaron en ir al lugar del accidente ofreciendo sus casas, sus mantas y su tiempo para ayudar a los/as afectados/as.


No hay que parar de recordar la fortaleza colectiva que representan unos servicios públicos bien preparados y su importancia, no hay que olvidar valorar lo que tenemos para recordar que cuidar y apoyar a quienes nos cuidan es una responsabilidad compartida. Porque en cada emergencia, grande o pequeña, se pone en juego el valor de lo público y el sentido de comunidad que nos une.

Hoy más que nunca, que vivan nuestros servicios de emergencias que viva lo público y que vivan las vecinas que siempre están.

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