La gran coalición plurinacional: o cómo destruir la izquierda española

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Gabriel Rufián, ese showman de la política catalana, vuelve a la carga. Su último tuit es un prodigio de chantaje emocional y pensamiento mágico. Según él, la única alternativa a un gobierno de PP y VOX es que la izquierda estatal se rinda ante los delirios nacionalistas y se disuelva en una «plurinacionalidad» que, en la práctica, significa el fin de cualquier proyecto transformador a escala española.



Rufián, hábil como pocos en el arte de la retórica, nos advierte de que «nos la volverán a hacer». Pero, ¿qué quiere hacerle él a la izquierda estatal? Claro que existe un riesgo, real, de que en las próximas elecciones gane la derecha. ¿Y cuál es su alternativa? ¿Que la izquierda española se fracture definitivamente, regalando sus votos a partidos que, a la hora de la verdad prefieren pactar con el PNV, Junts o cualquier derecha local antes que con un gobierno progresista?

La trampa de la plurinacionalidad

La idea de un «frente amplio plurinacional» (o como se quiera llamar) suena bonito en un panfleto posmoderno, pero en la práctica es un suicidio político. En las regiones periféricas los partidos de izquierdas estatales (Podemos e IU básicamente) habrían de retirarse para no «dividir el voto» (es decir, para que ERC, Bildu, BNG, etc., acaparen todo el espacio). En esos territorios la izquierda estatal desaparecería. ¿Y en el resto de España? También. ¿Cómo le explica el militante de izquierdas a sus seres queridos la genial ocurrencia? «Sí, abuela, para frenar a la ultraderecha nos hemos aliado con los que quieren romper España». Brillante estrategia.

El resultado es previsible: el PSOE recupera el monopolio del voto de izquierdas en todo el estado (salvo que IU decida presentarse por separado, en cuyo caso tal vez arañaría algún resto). Podemos se convertiría en un partido testimonial, un apéndice de los nacionalismos periféricos, si no termina disuelto. Es decir: la misma operación que con Sumar, pero con esteladas, estreleiras e ikurriñas. Normal que en Moncloa vean con buenos ojos la propuesta, si es que no son parte impulsora.

El independentismo no es izquierda, es identitarismo territorial

Aquí llega el punto incómodo: el independentismo no es «izquierda”. Su prioridad no es la justicia social, sino la soberanía de su territorio, a menudo con argumentos supremacistas (o, como mínimo, egoístas). Cuando ERC o Bildu han tenido que elegir entre apoyar políticas progresistas o defender sus intereses particulares no han dudado. Su «compromiso histórico» es un «sálvese quien pueda» disfrazado de épica revolucionaria.

Y ahora pretenden que la izquierda estatal les sirva de puente para sus reivindicaciones, mientras ellos siguen a lo suyo. Rufián lo dice sin pudor: «El soberanismo de izquierdas ha reclamado históricamente una izquierda plurinacional que le entienda y ayude». Traducción: «Necesitamos tontos útiles».

¿Menos pureza? No, menos ingenuidad

Rufián acusa a los críticos de «pureza», pero lo que hace falta es menos ingenuidad. La izquierda no se fortalece disolviéndose en contradicciones ajenas. Si el problema es que «la suma no da», la solución no es sumar a quienes restan. El independentismo no va a renunciar a su agenda. Mientras, el votante de izquierdas no nacionalista (es decir, la mayoría) se preguntará por qué demonios debe apoyar a quienes desprecian su país: votará al PSOE, o se abstendrá.

La izquierda no necesita más frentes amplios donde acaba siendo la comparsa. Necesita claridad, firmeza y un proyecto que hable de las necesidades materiales de los españoles, que recupere los análisis de clase, y que defienda la soberanía de España en la arena internacional.

Resumiendo, lo que Rufián propone (y el PSOE, con razón, aplaude) no es una alianza, sino una rendición, bajo el chantaje de que no aceptarlo es apoyar al fascismo. Pero la izquierda española ya ha caído demasiadas veces en esa trampa. ¿Caerá otra vez?

Robespiero

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