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El valor de la protesta

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Protestas final Vuelta Ciclista a España

Si la protesta no sirviera para nada, el poder no se sentiría molesto. No desplegaría tácticas de silenciamiento, no buscaría desactivar el conflicto confinándolo en un “manifestódromo”, ni intentaría relegar el disenso a lo anecdótico. Esa reacción es, de hecho, su mejor evidencia empírica: el poder teme a la protesta porque tiene capacidad de interferir en el orden político y simbólico. La protesta es el pulso cívico que mide la calidad de la democracia que ejercemos solo cada cuatro años en las urnas; un termómetro del apoyo o la distancia que separa a los representantes de los representados.


Desde un punto de vista sociológico, la protesta posee tres valores estructurales. Uno, de agenda: introduce en la esfera pública temas y marcos que los partidos o los medios no priorizan. Dos, de interrupción: encarece la continuidad de políticas injustas o ineficaces, forzando rectificaciones. Y tres, de vínculo: produce comunidad política, saber colectivo y energía organizativa. Esta tríada —agenda, interrupción, vínculo— explica por qué el acto de ocupar el espacio público sigue siendo un mecanismo de cambio, incluso en sociedades saturadas de comunicación digital.


Las movilizaciones pro-palestinas de 2024–2025 son un ejemplo visible. Pese a su dispersión geográfica, configuraron una presión transnacional sobre gobiernos e instituciones que desembocó, entre otros efectos, en acuerdos de alto el fuego y gestos diplomáticos. Aunque esos pactos se hayan incumplido, el simple hecho de que existieran refleja la capacidad de la protesta para imponer temas y condicionar decisiones. La universidad, las artes y los parlamentos europeos fueron permeados por esa marea moral, reabriendo debates sobre complicidad, memoria y derechos humanos.


En España, el caso valenciano revela la otra cara del valor de la protesta: la de la rendición de cuentas. Las concentraciones frente al Palau y las denuncias públicas tras la gestión de la DANA precipitaron la dimisión de Carlos Mazón, un episodio que demuestra cómo la presión social puede desbloquear procesos institucionales bloqueados por la inercia o el cálculo político.

Los datos de mi investigación sobre 7.500 protestas en Madrid (2000–2024) confirman ese patrón: cuando diversos actores combinan recursos, legitimidad y número
—del 15M a las mareas ciudadanas, del movimiento por la vivienda a los feminismos —, las protestas redefinen los márgenes de lo posible. No todas triunfan, ni todas fracasan; de hecho, si cada protesta alcanzara sus metas estaríamos ante un manual perfecto para dirigir la política, algo incompatible con la naturaleza conflictiva de la democracia.


El valor de la protesta radica en su efecto acumulativo: convierte agravios en discursos, conflictos en causas, indignaciones en políticas. Es la institución informal que mantiene viva la democracia entre elecciones, y su persistencia recuerda que el poder, aunque se incomode, no puede gobernar de espaldas a la calle.

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Carlos Mazón anuncia su dimisión, pero sigue en el cargo: una salida en diferido que indigna a la Comunidad Valenciana

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[[File:Carlos Mazón.png|Carlos_Mazón]]

Carlos Mazón ha anunciado su dimisión como presidente de la Generalitat Valenciana, pero lo ha hecho sin abandonar realmente el cargo. A día de hoy, sigue siendo el president en funciones, sin haber convocado elecciones ni haber formalizado su renuncia ante el Boletín Oficial del Estado. Esta maniobra ha generado una oleada de críticas por su ambigüedad, su falta de responsabilidad política y el intento de aferrarse al poder bajo el paraguas de la mayoría parlamentaria que comparte con Vox.

La dimisión llega justo un año después de la DANA que arrasó la Comunidad Valenciana el 29 de octubre de 2024, dejando 229 víctimas mortales. Durante ese año, Mazón ha sido objeto de duras críticas por su gestión de la emergencia, especialmente por cambiar hasta ocho veces de versión sobre su paradero durante la catástrofe. Desde una comida privada con la periodista Maribel Vilaplana hasta alegaciones de incomunicación, su relato ha sido inconsistente y evasivo.


Aunque Mazón ha dicho que “ya no puede más” y que “por voluntad personal habría dimitido hace tiempo”, lo cierto es que no ha pronunciado la palabra ‘dimisión’ en su comparecencia. Tampoco ha convocado elecciones, como exige la oposición y las asociaciones de víctimas. En su lugar, ha apelado a la mayoría parlamentaria para elegir un sucesor, lo que podría mantener al PP y Vox en el poder sin pasar por las urnas.

Otro dato relevante: Mazón no renuncia a su acta de diputado autonómico, lo que le permite seguir aforado y evitar ser juzgado por tribunales ordinarios. Esta decisión ha sido interpretada por muchos como una forma de blindarse ante posibles responsabilidades judiciales por su gestión de la DANA.


Las reacciones no se han hecho esperar. Se ha calificado la dimisión como “tarde y mal”, “indigna” y “perversa”. Las asociaciones de víctimas han convocado concentraciones y exigen justicia, mientras que la ciudadanía se pregunta por qué no se ha convocado un proceso electoral transparente.

Carlos Mazón ha anunciado su dimisión, pero sigue siendo presidente. No ha convocado elecciones, no ha aclarado cuándo se hará efectiva su renuncia, y mantiene su aforamiento. En un contexto de dolor colectivo y exigencia de responsabilidades, esta salida en diferido no solo es insuficiente: es una burla a la democracia y a las víctimas de la tragedia.

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Nunca dejes de soñar

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Hoy empieza una nueva temporada de la NBA, una nueva temporada de la mejor competición de baloncesto del mundo.

Y os quiero contar la historia de Khaman Maluach. Khaman nació en Rumbek, estado de Lagos, en Sudán del Sur. Sudán del Sur logró su independencia el 9 de julio de 2011, tras una guerra civil que dejó el país en ruinas y que lo convirtió en uno de los países más pobres del mundo.

Khaman y su familia emigraron como refugiados a Kawempe en Uganda, huyendo de la miseria, huyendo de la muerte.

Para Khaman todo cambió el día que Luol Deng, exjugador entre otros equipos de los Chicago Bulls, Miami Heat y Los Ángeles Lakers, se fijó en él.

Luol Deng nació, al igual que Khaman, en Sudán del Sur. Es una persona involucrada en diferentes causas humanitarias. Luol, en 2019, organizó un campamento de habilidades al que Khaman se presentó, y ahí todo cambió.

Llegó la pandemia, y Khaman, lejos de rendirse, siguió entrenando en casa, utilizó un neumático como aro, entrenaba movimientos, movimientos que veía en YouTube de las estrellas de la NBA.

En 2021, la NBA Academy Africa le ofreció una beca, viajó a Senegal, allí pudo estudiar, entrenar, centrarse en el baloncesto.

Khaman no tardó en atraer las miradas, enseguida vieron que podía hacer cosas extraordinarias. Khaman siguió mejorando día a día. Se esforzaba al máximo, sabía que tenía una oportunidad única en la vida, y no la desaprovechó.

Khaman fue seleccionado para el Mundial Fiba de 2023, tenía solo 16 años. Eran debutantes, una selección humilde, sin grandes canchas para entrenarse, un equipo de pueblo. Este equipo hizo historia, ganaron y consiguieron clasificarse para la cita de París 2024.

Khaman siguió creciendo, acabó jugando para Duke, una de las mejores universidades del mundo, por donde han pasado jugadores de la talla de Jayson Tatum, Kyrie Irving o la del mítico entrenador Mike Krzyzewski.

Khaman solo jugó un año en Duke, de ahí dio el salto al Draft de la NBA, donde fue elegido en la décima posición por los Houston Rockets, y finalmente jugará, tras un traspaso, en los Phoenix Suns. Khaman no pudo evitar llorar cuando Adam Silver mencionó su nombre; solo él sabía lo que había sufrido para llegar a ese momento y a cumplir su sueño.

De refugiado de guerra, a la NBA, esta es la historia de Khaman Maluach.

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La juventud contra el capitalismo

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[[File:Manifestación por una vivienda digna - 250209 125537.jpg|Manifestación_por_una_vivienda_digna_-_250209_125537]]

En el contexto actual, la juventud vive una contradicción profunda, se le promete libertad, movilidad, realización personal y un futuro digno, pero en la práctica se enfrenta a un horizonte de precariedad y explotación.

Esta realidad no es un accidente, sino una consecuencia directa de la dinámica del capital, que convierte incluso las aspiraciones más íntimas de los/as jóvenes, sus sueños, su educación, su creatividad en mercancías.

Durante las últimas décadas, el neoliberalismo global ha moldeado una generación entera bajo la competencia y la incertidumbre. La educación, antes considerada una vía de ascenso social, se ha transformado en un negocio lucrativo. Las universidades producen masas de trabajadores/as para empleos inexistentes y precarios mientras se miente a toda una generación diciendoles que si estudian tienen buena parte de su vida y de sus problemas resueltos, la realidad es que los/as jóvenes estan endeudados/as practicamente desde sus primeros años de adultez.

Está claro que para el capitalismo, el trabajo asalariado es una forma de esclavitud moderna, contratos falsos, condiciones precarias, ningún tipo de estabilidad ni economica ni horaria, ni nada, y además, podríamos añadir que la formación previa a ese trabajo se ha convertido también en un mecanismo de dominación económica, sin plazas, sin prácticas, sin futuro.
En el mercado laboral, los/as jóvenes son la carne fresca del capital, las jovenes trabajadoras viven sin estabilidad ni derechos, vendiendo su tiempo, su atención e incluso su vida a los empresarios explotadores.

No me quiero olvidar de la situación de la vivienda a nivel global en la juventud, la crisis de vivienda que sufren las nuevas generaciones no es un fallo accidental, es una manifestación de la transformación de la vivienda en activo para la acumulación de capital, estamos hablando de que para que unos pocos se lucren las personas que ahora quieren emanciparse no pueden hacerlo o dedican practicamente todo su salario a ello. la solución de esto la juventud la tiene clarisima, es romper la subordinación de la vivienda a la lógica del beneficio privado mediante la expropiación a grandes tenedores y fondos buitre para crear vivienda pública, la regulación del precio de los alquileres, todo esto para el fortalecimiento de los derechos de los/as inquilinos/as, crear estrategias organizativas que vinculen juventud y clase trabajadora, pero todo esto no se puede hacer sin cambios estructurales en la propiedad privada y la función social de la vivienda. Las casas son para vivir y no para especular con ellas.

No nos olvidemos tampoco de las manifestaciones en contra del genocidio encabezadas por la juventud en todo el mundo y que están siendo un punto de inflexión, o las acampadas por palestina en las diferentes universidades de todo el mundo, dejando claro que la juventud está en contra de la masacre que el ente de Israel esta cometiendo en Palestina y que van a poner el cuerpo las veces que haga falta para que los gobiernos hagan algo para parar el genocidio

Sin embargo, sería un error pensar que la juventud es solo víctima. También es sujeto histórico, portador de la posibilidad de transformación. En las movilizaciones globales recientes, desde las protestas climáticas hasta las revueltas feministas y antirracistas, los/as jóvenes han mostrado una sensibilidad anticapitalista y antifascista creciente. Su malestar se traduce automáticamente en conciencia de clase y revela una intuición profunda, que el sistema actual no puede ofrecer un futuro digno y ellos/as tienen el deber de cambiarlo.

La juventud está harta del la corrupción, el abandono de lo público y la desigualdad, por eso se organizan a través de las redes sociales para protagonizar protestas y movilizaciones que están siendo históricas, tienen claro que luchan contra el capitalismo y la desigualdad de clase y sobretodo tienen claro que es su momento y no van a parar.

El capitalismo digital ha intentado neutralizar esta forma de revolución mediante las RRSS convenciendo a muchos/as jovenes de que lo que mas se escucha es la verdad, pero el contrapoder en las redes y el activismo en las calles ha hecho que la juventud despierte y se dé cuenta de que todo está mal.
El descontento persiste, porque las condiciones materiales no se disuelven con hashtags. Frente al desempleo, la crisis ecológica y la desigualdad, la juventud comienza a redescubrir ideas que el sistema había declarado muertas, la organización colectiva, la solidaridad y la lucha de clases.

Yo creo sinceramente que el destino de la juventud no se resolverá de forma individual ni mediante reformas superficiales, sino que hay que hacerlo en colectivo y con reformas claras. La tarea histórica de esta generación es, como lo fue para otras antes, romper las cadenas de la alienación y construir un mundo donde la vida no esté subordinada a la ganancia. Necesitamos cambiar el modelo de democracia y de vida para poder vivir.

Como dijo Lenin la juventud tiene que ser la vanguardia, y ahora, es la juventud global precarizada, conectada y, potencialmente, revolucionaria quienes están demostrando que juntos/as se pueden cambiar las cosas.

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La ciudadanía toma las calles en apoyo a Palestina mientras los sindicatos mayoritarios vuelven a fallar

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[[File:Bandera Palestina en Basílica de Guadalupe.jpg|Bandera_Palestina_en_Basílica_de_Guadalupe]]

Madrid, 16 de octubre de 2025.
Ayer, miles de personas salieron a las calles de todo el Estado para secundar la huelga general convocada por los sindicatos minoritarios en solidaridad con el pueblo palestino. La jornada, marcada por manifestaciones multitudinarias en ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla, volvió a demostrar que la ciudadanía está por delante de unas direcciones sindicales mayoritarias que, una vez más, se quedaron cortas en su respuesta.
La Confederación General del Trabajo (CGT), Solidaridad Obrera, la Alternativa Sindical de Clase (ASC) y la Confederación Intersindical, junto a colectivos como Madrid por Palestina y el movimiento BDS, impulsaron una huelga de 24 horas que paralizó sectores clave y visibilizó el rechazo popular al genocidio en Gaza. A su lado, el Sindicato de Estudiantes convocó paros en institutos y universidades, con marchas en más de 40 ciudades.


En contraste, los sindicatos mayoritarios UGT y CCOO se limitaron a convocar paros parciales de dos horas por turno, una fórmula que muchos calificaron de insuficiente y que volvió a generar frustración entre amplios sectores de la clase trabajadora. Mientras miles de personas llenaban las calles con pancartas de “¡Palestina libre!” y “No en nuestro nombre”, las direcciones de UGT y CCOO optaban por un gesto simbólico que, en la práctica, restó fuerza a la movilización.
Las marchas en Madrid fueron especialmente masivas: desde Atocha hasta Callao, pasando por Sol, la marea de banderas palestinas y consignas contra la complicidad internacional con Israel dejó claro que la solidaridad no entiende de medias tintas. En Barcelona, la manifestación unitaria recorrió la ciudad hasta el consulado israelí, mientras en decenas de municipios se organizaron concentraciones frente a ayuntamientos y delegaciones de gobierno.


Más allá de la división sindical, la jornada del 15 de octubre evidenció que la ciudadanía está dispuesta a movilizarse con contundencia frente a la pasividad institucional y la tibieza de quienes deberían estar al frente de la defensa de los derechos humanos. La huelga general no solo fue un acto de solidaridad internacionalista, sino también una denuncia contra la hipocresía de gobiernos y partidos que siguen comerciando con armas mientras hablan de paz.

La jornada de huelga general en apoyo a Palestina contó también con la destacada presencia de Podemos, que se sumó activamente a las movilizaciones en distintas ciudades. Dirigentes y portavoces de la formación participaron en las marchas, acompañando a centenares de personas en las calles y subrayando que la solidaridad con el pueblo palestino no puede quedarse en declaraciones simbólicas. Desde Murcia hasta Madrid, representantes de Podemos denunciaron que Israel ya está incumpliendo los compromisos del supuesto acuerdo de paz y reclamaron al Gobierno español un embargo real de armas y la ruptura de relaciones institucionales y económicas con el régimen de Netanyahu. Su implicación visibilizó que, frente a la tibieza de otros actores políticos y sindicales, existe una fuerza política dispuesta a situar la defensa de los derechos humanos en el centro de la agenda.

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La guerra fría en Más Madrid: Emilio Delgado desafía el liderazgo de Mónica García

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Por primera vez desde que Mónica García asumió el liderazgo de Más Madrid, el partido se enfrenta a una disputa interna abierta. Lo que hasta hace unos meses eran murmullos en los pasillos del grupo parlamentario se ha convertido en una pugna visible por el futuro del espacio.
El detonante: Emilio Delgado, exdiputado y figura de perfil más ideológico dentro de la formación, ha lanzado el guante para encabezar las listas autonómicas en 2027.

Un desafío que rompe el silencio interno

Según fuentes próximas al grupo en la Asamblea, la dirección de García recibió las declaraciones de Delgado como un desafío prematuro. “No se trata de ambición personal, sino de un modelo de partido”, aseguran voces del entorno del exdiputado, que defienden su planteamiento como una crítica a la excesiva “institucionalización” de Más Madrid.

Mónica García, por su parte, ha optado por la contención pública, pero en el entorno de Manuela Bergerot —actual portavoz parlamentaria— hay malestar evidente. Bergerot llegó a reprochar en televisión la “falta de coordinación” de Delgado, marcando una línea divisoria clara entre el núcleo que responde a García y quienes, en silencio, simpatizan con el discurso de renovación del exdiputado (fuente: El País, 10/10/2025).

Viejas heridas que nunca cerraron

El conflicto actual no nace de la nada. Más Madrid arrastra una historia de tensiones internas que se remontan a los años posteriores a la ruptura con Podemos. La dimisión de figuras como Loreto Arenillas, en su momento jefa de gabinete y persona cercana al entorno de Íñigo Errejón, dejó secuelas políticas y personales. Aquella crisis, cubierta en su día por eldiario.es y El Confidencial, consolidó a un sector “pragmático” —alineado con la actual dirección— frente a otro más “movimientista”, que reivindicaba las raíces asamblearias del proyecto.

En los corrillos del partido se comenta que Delgado estaría reconstruyendo ese segundo espacio, en contacto con militantes del sur de Madrid, círculos ecologistas y cuadros que nunca se sintieron del todo integrados en la estructura de García.

Las redes, campo de batalla

Donde la batalla se ha hecho más visible es en X (antes Twitter). Algunos de los seguidores de cada bando han protagonizado broncas públicas en los últimos días.
Un ejemplo: el analista de datos Alejandro Cencerrado, próximo a la línea de Delgado, cruzó reproches con Bruno Thevenin, uno de los más activos defensores de García en redes. La discusión fue subiendo en intensidad hasta llegar a descalificaciones más propias de una taberna que de un debate entre dos corrientes de un mismo partido, la bronca fue interpretada por militantes y periodistas como la punta del iceberg de una disputa más profunda: la del control del relato y la identidad del partido en el ciclo que viene.

Mientras tanto, otros militantes han comenzado a denunciar, bajo anonimato, una creciente “cultura del miedo” dentro de los canales internos, donde cualquier disidencia es tachada de deslealtad. Desde el otro lado se responde con un argumento inverso: que las críticas públicas debilitan a Más Madrid frente a la derecha y minan la confianza del electorado.

Un liderazgo en jaque

La posición de Mónica García sigue siendo fuerte en términos institucionales —es ministra y rostro reconocible del partido—, pero los equilibrios internos son más frágiles de lo que aparentan.
Según fuentes del propio grupo parlamentario, algunos cargos municipales del sur habrían empezado a tantear la posibilidad de un “relevo natural” en 2027, si la candidatura de Delgado logra articular un discurso alternativo creíble.

García, que ha construido su imagen sobre la gestión, el rigor y el feminismo institucional, ve ahora cómo emerge una corriente que la acusa de haberse alejado de la militancia de base y de haber subordinado la agenda madrileña a su papel nacional en el Ministerio de Sanidad.

Dos proyectos en disputa

El modelo Delgado: un discurso más incisivo, con énfasis en lo social, la ecología política y la democracia interna. Sus defensores hablan de “recuperar el alma del proyecto”.

El modelo García: centrado en la solvencia técnica, el feminismo institucional y la moderación discursiva como vía para ampliar base electoral.


Ambas visiones chocan no solo en estilo, sino en estrategia de fondo. Mientras Delgado busca reconectar con los barrios del cinturón obrero —donde el descontento con la izquierda moderada crece—, García confía en mantener el voto urbano de clase media progresista que la llevó a disputar la Comunidad al PP en 2023.

Lo que viene

Fuentes consultadas dentro del partido coinciden en que el conflicto no ha hecho más que empezar. Si Delgado formaliza su candidatura a las primarias, Más Madrid podría enfrentarse a su primera contienda interna real desde su fundación.
El resultado determinará si el espacio mantiene su rumbo institucional o vuelve a sus raíces insurgentes.

Mientras tanto, los enfrentamientos en redes, las filtraciones a prensa y los reproches cruzados en los pasillos de la Asamblea anuncian una guerra fría que amenaza con hacerse caliente antes de fin de año.

Óscar Guisado escribe sobre el desmán de Ayuso sobre el aborto (enlace más abajo)

“Váyanse a otro lado”: Ayuso y el desprecio institucional al derecho al aborto

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“Váyanse a otro lado”: Ayuso y el desprecio institucional al derecho al aborto

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Cuando Isabel Díaz Ayuso dice que las mujeres que quieran abortar “se vayan a otro lado”, no está improvisando. Está verbalizando una política de fondo: la negación activa del derecho a decidir. No es solo una frase desafortunada. Es una declaración de guerra contra la autonomía de las mujeres, contra la sanidad pública, y contra décadas de lucha feminista.
En la Comunidad de Madrid, el acceso al aborto ya está lleno de obstáculos: objeción de conciencia masiva, derivaciones a clínicas privadas, falta de información, presión institucional. Pero Ayuso va más allá. Su mensaje es claro: aquí no queremos que abortes. Aquí no tienes derecho.


¿A dónde pretende que vayan las mujeres? ¿A Londres como nuestras abuelas? ¿A una privada si puedes pagar? ¿A otra comunidad más garantista? ¿O simplemente al silencio, al miedo, a la clandestinidad?
Este tipo de declaraciones no son anecdóticas. Son parte de una estrategia de desmantelamiento de derechos, de criminalización encubierta, de retroceso social. Y lo más grave: se hacen desde el poder, con altavoz institucional, y con total impunidad.
No lo vamos a permitir. El derecho al aborto es un derecho humano, un derecho sanitario, un derecho feminista. No se negocia, no se externaliza, no se expulsa. Se garantiza.

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Madrid se levanta por Palestina: juventud al frente, todas las generaciones en pie

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Ayer Madrid volvió a demostrar que la solidaridad con Palestina no entiende de silencios ni de excusas. Cientos de miles de personas tomaron las calles en una manifestación histórica donde la juventud fue la gran protagonista, llenando la capital de energía, creatividad y fuerza combativa. Estudiantes, jóvenes trabajadores y colectivos organizados marcaron el pulso de la protesta con pancartas, cánticos y consignas que no dejaron lugar a dudas: ¡Embargo de armas ya, ruptura con Israel ya, libertad para la flotilla ya!


Pero no estuvieron solos. Familias enteras, personas mayores, veteranos de luchas sociales y nuevas generaciones marcharon codo con codo, demostrando que la causa palestina atraviesa a todo el pueblo. Desde abuelas con pañuelos palestinos hasta niños con banderas pintadas en la cara, la manifestación fue un mosaico intergeneracional de dignidad y resistencia.
Solo Podemos acompañó al pueblo
Mientras el resto de partidos políticos se escondieron, Podemos fue la única fuerza presente en la manifestación, respaldando a la juventud y al conjunto de la ciudadanía movilizada. Su presencia contrastó con la ausencia y el silencio cómplice del Gobierno y de la Unión Europea, que siguen manteniendo relaciones con un Estado que practica el apartheid y el genocidio.


La manifestación de Madrid dejó claro que la solidaridad con Palestina no es una moda ni una consigna pasajera:

  • La juventud marca el ritmo y la fuerza.
  • Las generaciones mayores aportan memoria, experiencia y legitimidad.
  • Juntas, todas las edades exigen justicia y dignidad para Palestina.
    Madrid habló alto y claro: no hay neutralidad posible frente al genocidio. La solidaridad se hereda, se multiplica y se transmite de generación en generación.
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Madrid se levanta: solidaridad, rabia y represión frente al secuestro de la Flotilla

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[[File:Global Sumud Flotilla volunteers return to KL - 20251007 (10).jpg|Global_Sumud_Flotilla_volunteers_return_to_KL_-_20251007_(10)]]

Ayer, las calles de Madrid volvieron a ser un clamor. Más de 10.000 personas —según las organizaciones convocantes— se concentraron en el centro de la capital para denunciar el secuestro en aguas internacionales de la Flotilla Sumud, interceptada por la marina israelí cuando intentaba llevar ayuda humanitaria a Gaza. La protesta, convocada de urgencia, se convirtió en una marea de banderas palestinas, pancartas y cánticos que mezclaban la solidaridad con la rabia de una ciudadanía harta de la impunidad.
La manifestación fue pacífica, con un ambiente de dignidad y resistencia. Sin embargo, la respuesta del Estado volvió a ser la represión: la policía cargó contra manifestantes que protestaban de forma no violenta, dejando escenas de tensión y varios heridos. Una vez más, se criminaliza la protesta social mientras se tolera la barbarie internacional.


La indignación se multiplicó al conocerse que el gobierno español, que había enviado un buque humanitario hacia Gaza, decidió retirarlo justo cuando más se necesitaba. Un gesto que muchos interpretan como una claudicación ante las presiones internacionales y una muestra de hipocresía política: titulares de solidaridad que no se traducen en hechos.
En este contexto, las declaraciones de Ione Belarra, secretaria general de Podemos, resonaron con fuerza. Belarra denunció que “la Flotilla acaba de ser interceptada por las fuerzas genocidas israelíes. Hacemos responsables a sus cómplices, todos los gobiernos europeos, de cualquier cosa que ocurra. Han tenido un mes para protegerles y no lo han hecho. Todas con Palestina y todas con la Flotilla”. Además, criticó la “política de titulares que no vale para nada” del Ejecutivo español, reclamando que se actúe ante la Corte Penal Internacional y que se deje de jugar con gestos vacíos mientras se abandona a activistas y población civil.


La protesta de ayer en Madrid no fue un hecho aislado. Se suma a una ola de movilizaciones en todo el Estado y en Europa, donde miles de personas exigen el fin del genocidio en Gaza y la liberación inmediata de las activistas secuestradas. La calle habló alto y claro: la solidaridad no se secuestra, la protesta no se reprime y la complicidad se denuncia.


Lo de ayer fue un grito colectivo que atraviesa fronteras:
¡Basta de genocidio!
¡Libertad para la Flotilla!
¡La calle no se calla!

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El Estado genocida de Israel intercepta la flotilla: Europa calla, España abandona

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[[File:Global Sumud Flotilla Sidi Bou Said Tunis Tunisia 07-09-2025-05808 31.jpg|Global_Sumud_Flotilla_Sidi_Bou_Said_Tunis_Tunisia_07-09-2025-05808_31]]

Mientras el mundo mira hacia otro lado, Israel vuelve a violar el derecho internacional con total impunidad. Esta vez, interceptando la Global Sumud Flotilla, una misión humanitaria compuesta por más de 500 activistas de 44 países que pretendía romper el bloqueo ilegal sobre Gaza y entregar ayuda médica, alimentos y material escolar.
La escena es tan predecible como indignante: buques israelíes rodeando embarcaciones civiles en aguas internacionales, cortando comunicaciones, realizando maniobras peligrosas, amenazando con hundir barcos. Todo mientras los gobiernos europeos, incluido el español, se limitan a emitir recomendaciones tibias y lavarse las manos. El buque español Furor, presente en la zona, se ha replegado para evitar “choques directos” con Israel. ¿Choques? ¿Con quién? ¿Con un Estado que está a punto de asaltar una misión pacífica y desarmada?
La Flotilla, que incluye figuras como Greta Thunberg y dirigentes de Podemos, ha declarado estado de emergencia ante el inminente ataque. Y no es para menos: Israel ha desplegado fuerzas de élite, ha preparado centros de detención y tribunales exprés para los activistas, y ha anunciado que algunos barcos serán hundidos.


Todo esto ocurre mientras Gaza sigue siendo un cementerio abierto: más de 66.000 personas asesinadas en dos años de ofensiva militar declaradas, que serán muchísimas mas, con la Corte Internacional investigando por genocidio. Y sin embargo, Europa calla. España calla. Italia y España retira su fragata. Grecia pide que se entregue la ayuda a la Iglesia. ¿Dónde está la diplomacia? ¿Dónde está la defensa de los derechos humanos?
La Flotilla no es solo una misión humanitaria. Es un acto de dignidad frente a la barbarie. Es un grito colectivo que dice: no en nuestro nombre. Y cada gobierno que hoy se esconde tras excusas diplomáticas está dejando claro que su compromiso con la justicia termina donde empieza el chantaje geopolítico.


Israel no tiene jurisdicción sobre esas aguas. No tiene derecho a interceptar barcos civiles. No tiene legitimidad para imponer un bloqueo que condena a millones de personas al hambre, al trauma y al exterminio. Y cada vez que lo hace, lo hace con el aval silencioso de quienes deberían estar defendiendo la legalidad internacional.
Hoy, más que nunca, toca señalar a los cómplices. Porque el genocidio no se perpetra solo con bombas. También con silencios.

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