El fútbol, nos dicen, debería ser solo deporte. Una evasión, un juego, un espectáculo global. Pero basta con rascar un poco la superficie para comprobar que pocas veces la pelota rueda aislada de la historia. El césped es escenario de propaganda, de disputas y de silencios cómplices.
En 1992, el mapa europeo ardía con la desintegración de Yugoslavia. Mientras los cañones tronaban en Bosnia, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobaba la Resolución 757: sanciones económicas, diplomáticas y deportivas contra la llamada República Federal de Yugoslavia (Serbia y Montenegro). La FIFA y la UEFA acataron. La selección que se había ganado en el campo su billete para la Eurocopa fue apartada a última hora; Dinamarca, que ocupó su lugar, acabó alzando el trofeo en Gotemburgo. Ese gesto marcó un antes y un después: la política entraba por la puerta grande en el templo sagrado del fútbol.
El mensaje era claro: cuando un Estado sobrepasa ciertos límites, la comunidad internacional puede usar también el deporte como campo de sanción. El balón, convertido en arma diplomática, deja de ser inocente.
Desde entonces, cada Mundial o Eurocopa confirma esa tensión entre deporte y política. Argentina 78 fue el escaparate de una dictadura feroz que intentaba blanquearse. Italia 90 coincidió con el final de la Guerra Fría y el anuncio de una Alemania reunificada. Sudáfrica 2010 se presentó como escaparate del “nuevo país” pos-apartheid, mientras los barrios pobres cargaban con los desalojos. Brasil 2014 estalló en protestas contra el gasto desorbitado en estadios. El fútbol como ritual planetario, pero también como escenario donde se escenifica quién manda, quién protesta y quién calla. Rusia, en cambio, pasó de ser anfitriona del Mundial 2018 —usando el torneo como escaparate de soft power— a quedar fuera de la mayoría de competiciones internacionales tras la invasión de Ucrania en 2022. En ese caso, la exclusión fue inmediata y casi total.
La pregunta incómoda hoy es otra: ¿por qué unos conflictos merecen la sanción deportiva inmediata y otros solo generan comunicados tibios? ¿Por qué Yugoslavia fue apartada de la Eurocopa mientras en otros casos, como el de Israel y su política hacia Palestina, las federaciones internacionales optan por la pasividad? El doble rasero convierte al deporte en cómplice: un terreno donde se exhibe la desigualdad del castigo, la selectividad de la moral.
El deporte, ese espectáculo que promete unir a los pueblos bajo las banderas, termina siendo un espejo de la geopolítica: muestra tanto los sueños de comunidad como las fracturas más profundas. Y lo que se juega en el césped no son solo goles: son relatos, legitimidades, silencios y, a veces, la dignidad de pueblos enteros.
Oscar Guisado escribe sobre los últimos fusilados en el franquismo (enlace abajo)
Memoria viva: los cinco últimos fusilados por el franquismo













