Lo primero de todo antes de empezar a escribir sobre lo ocurrido en Adamuz quiero mandar todo mi apoyo y cariño a las victimas y a sus familiares y amigos/as.
En estos días estamos viendo muchas imagenes que se están difundiendo en diferentes medios de comunicación y en redes sociales que están abriendo una herida colectiva que hace a su vez que nos hagamos muchas preguntas, ¿se podría haber evitado?
Según la comisión de investigación (CIAF) el primer indicio apunta a una rotura o alteración de la vía, pero aún queda por determinar si esto ha sido la causa o la consecuencia del descarrilamiento, también hay indicios de que la vía ya estaba defectuosa.
Lo ocurrido en Adamuz no puede ni debe explicarse como un caso aislado. No fue un error humano, ni una casualidad técnica, ni un episodio inevitable, el accidente ferroviario que ha sacudido a Andalucía y al conjunto del país es, ante todo, la consecuencia directa de años de abandono, de desinversión deliberada y de una concepción del transporte público cada vez más sometida a lógicas privadas y mercantiles.
La liberalización del sector ferroviario ha hecho que la circulación de trenes se haya multiplicado, lo que implica que el mantenimiento de las vías debería ser más frecuente. La liberalización también ha supuesto enormes beneficios para las empresas que los gestionan, pero esto no se ha visto reflejado en las inversiones necesarias para el mantenimiento de la red.
Cuando un tren descarrila, descarrila también un modelo que ha priorizado la rentabilidad económica sobre la seguridad, la propaganda sobre el mantenimiento, y las grandes cifras de ganancia sobre las personas.
El esfuerzo por abaratar costes para enriquecer a unos pocos exprimiendo así, a la clase trabajadora en un sistema en el que se priorizan los beneficios de los empresarios por encima de la seguridad y las vidas de la ciudadanía, trae este tipo de consecuencias.
Adamuz está hoy marcado por el dolor, pero también debería ser un punto de inflexión político y social. La red ferroviaria española lleva años deteriorándose en silencio. Líneas convencionales envejecidas, sistemas de señalización obsoletos, personal reducido al límite y al cual no se escucha y una inversión pública claramente insuficiente, han ido configurando un escenario de riesgo permanente.
Lo grave no es solo que ocurra un accidente, sino que, a la vista de lo sucedido después en Cataluña, empiece a parecer que lo excepcional se está convirtiendo en norma. Los incidentes posteriores en Rodalies, con descarrilamientos, interrupciones del servicio y víctimas mortales, no son hechos desconectados. Forman parte del mismo problema estructural, la falta de una apuesta decidida por un ferrocarril público, seguro y bien financiado. Cataluña lleva años denunciando el colapso de su red ferroviaria, la precariedad del servicio y la ausencia de inversiones reales.
(Desde aquí todo mi apoyo a la huelga convocada por los maquinistas)
Lo ocurrido en Córdoba me deja sin palabras, me recuerda una verdad que a menudo olvidamos, la importancia vital de los servicios públicos de emergencias.
Cuando la normalidad se rompe en cuestión de segundos, hay personas que no dudan, que no miran el reloj ni el cansancio. Profesionales que salen al encuentro del peligro con un único objetivo, proteger la vida, aliviar el dolor y devolver algo de calma en medio del caos. Sanitarios, bomberos, fuerzas de seguridad y personal de protección civil han trabajado estos días de forma coordinada, muchas veces en silencio y lejos del reconocimiento, sosteniendo a la sociedad en sus momentos más frágiles, gracias por vuestro trabajo, gracias también a todas las vecinas y vecinos voluntarios/as que no dudaron en ir al lugar del accidente ofreciendo sus casas, sus mantas y su tiempo para ayudar a los/as afectados/as.
No hay que parar de recordar la fortaleza colectiva que representan unos servicios públicos bien preparados y su importancia, no hay que olvidar valorar lo que tenemos para recordar que cuidar y apoyar a quienes nos cuidan es una responsabilidad compartida. Porque en cada emergencia, grande o pequeña, se pone en juego el valor de lo público y el sentido de comunidad que nos une.
Hoy más que nunca, que vivan nuestros servicios de emergencias que viva lo público y que vivan las vecinas que siempre están.
En un momento en el que la política internacional parece avanzar hacia una peligrosa escalada militar, es imprescindible que España mantenga una posición clara, coherente y fiel a su propia tradición democrática: nuestro país es un país de paz, no de guerra. Desde esta convicción, Podemos ha expresado con rotundidad que no apoyará el envío de tropas españolas a Ucrania. Y esta postura no es solo una decisión política; es una cuestión de principios, de soberanía y de responsabilidad histórica. Ni con Estados Unidos ni con Rusia: no ser cómplices de un reparto geopolítico
La guerra en Ucrania no puede entenderse únicamente como un conflicto entre dos países. Numerosos análisis internacionales señalan que también es un escenario donde grandes potencias —Estados Unidos y Rusia— buscan imponer sus intereses estratégicos, energéticos y comerciales. Ante esta realidad, Podemos sostiene que España no debe convertirse en un peón dentro de un tablero ajeno, ni legitimar dinámicas que solo profundizan el sufrimiento del pueblo ucraniano. Rechazar el envío de tropas no significa mirar hacia otro lado. Significa no ser cómplices de una lógica de bloques que pretende repartirse territorios, recursos y esferas de influencia a costa de vidas humanas. Significa apostar por una política exterior autónoma, basada en el derecho internacional y en la defensa de la paz.
La responsabilidad de España: diplomacia, no militarización. España tiene una larga tradición de mediación, cooperación y defensa del multilateralismo. Esa es la vía que Podemos defiende: más diplomacia, más diálogo, más presión internacional para un alto el fuego, y no más soldados, más armas o más escaladas. Enviar tropas no acercaría la paz. Al contrario, podría arrastrar a nuestro país a un conflicto que no hemos elegido y que no responde a los intereses de la ciudadanía española. La seguridad de Europa no se construye ampliando guerras, sino evitando que se extiendan. Un mandato democrático: no en nuestro nombre. Podemos ha sido claro: con nuestros votos no se enviarán tropas a Ucrania. Esta posición responde a un mandato social amplio que rechaza la participación directa de España en conflictos armados y que exige soluciones políticas, no militares.
La ciudadanía española ha demostrado en múltiples ocasiones —desde Irak hasta hoy— que no quiere que su país participe en guerras que solo benefician a intereses ajenos. Defender la paz no es neutralidad: es compromiso activo con la vida, con la justicia y con la soberanía de los pueblos.
España debe ser parte de la solución, no del problema. En un mundo cada vez más inestable, España tiene la oportunidad de reafirmarse como un actor de paz. Podemos defiende que nuestro país no debe contribuir a la militarización del conflicto en Ucrania, sino trabajar para que la diplomacia, la negociación y el respeto al derecho internacional sean el camino. Porque España es un país de paz, y porque la paz no se construye enviando tropas, sino evitando que más personas mueran por intereses que no son los suyos.
Para Richard Wolff, la supuesta intervención de Estados Unidos en Venezuela el 3 de enero de 2026 no fue una demostración de poder, sino una confesión de debilidad. Un gesto torpe, ruidoso y tardío que delata el agotamiento de un orden que ya no se sostiene por persuasión económica ni por liderazgo político. Cuando el dinero deja de obedecer, entra en escena la fuerza. Y eso, en la historia de los imperios, nunca es una buena señal.
La advertencia que atraviesa el análisis de Wolff es directa: antes de Groenlandia está México. Antes de las fantasías geoestratégicas lejanas, el verdadero frente de batalla está en América Latina. Y antes del territorio está la moneda.
Venezuela: petróleo, precedentes y amenazas
Venezuela aparece como detonante, no como causa única. No por su discurso político, sino por una combinación que inquieta a Washington: las mayores reservas de petróleo del planeta y la decisión de comerciar fuera del circuito del dólar. Integrarse en redes económicas vinculadas al bloque BRICS y profundizar acuerdos con China no es un detalle técnico: es una ruptura con la arquitectura financiera que ha permitido a Estados Unidos mandar sin gobernar.
La elección del 3 de enero no fue casual. Conmemora la captura de Manuel Noriega en Panamá, un recordatorio de que, cuando la autoridad estadounidense se veía desafiada en el continente, la respuesta era el castigo ejemplar. El mensaje no iba dirigido solo a Caracas. Era un aviso regional: quien se salga del guion pagará un precio.
La factura de la fuerza
Como casi siempre, la factura no la pagan quienes deciden. El coste real de la operación, muy superior al anunciado oficialmente, vuelve a mostrar el patrón: gasto público descomunal, beneficios privados concentrados y ciudadanos asumiendo las consecuencias vía impuestos y encarecimiento energético. El complejo militar-industrial y las grandes petroleras vuelven a aparecer como ganadores automáticos. La fuerza es rentable. La democracia, no tanto.
Pero, para Wolff, el problema de fondo no está solo en el petróleo ni en el negocio de la guerra. Está en algo más profundo y más peligroso para Washington: el colapso de su monopolio financiero.
UNIT: la revolución que no pide permiso
El verdadero punto de inflexión, sostiene Wolff, se produjo el 31 de octubre de 2025 con el lanzamiento de UNIT, la primera alternativa funcional al dominio del dólar desde la Segunda Guerra Mundial. No hubo desfiles ni declaraciones solemnes. Por eso la llama una revolución silenciosa.
UNIT no es una moneda simbólica. Está respaldada por oro físico y por una cesta de monedas de los BRICS. Opera a través de Brickpay, un sistema de pagos que no pasa por SWIFT ni por la infraestructura controlada por Estados Unidos. Transacciones rápidas, costes mínimos y, sobre todo, independencia técnica. Traducido a lenguaje político: Washington pierde la capacidad de vigilar, sancionar y asfixiar economías enteras con un clic.
Cuando el comercio deja de hablar dólar, el imperio se queda sin su arma más eficaz.
México, el eslabón decisivo
Aquí es donde entra México. Aunque no sea miembro formal de los BRICS, Wolff lo sitúa ya como un nodo central del nuevo sistema. Contratos industriales liquidados en UNIT, exportaciones automotrices a Brasil, maquinaria desde India, flujos financieros que el Banco de México observa con atención. No es retórica: es práctica económica en marcha.
Las previsiones de inversión para 2026 refuerzan esta posición. Decenas de miles de millones procedentes de China, India y Emiratos Árabes, denominados en yuanes, rupias y UNIT, no en dólares. México empieza a funcionar como puente entre dos mundos: el viejo orden dominado por Estados Unidos y un sistema multipolar que ya no pide permiso.
La reacción de Washington: nerviosismo y amenazas
En este contexto, las amenazas de presión militar o económica contra México dejan de parecer una estrategia y empiezan a parecer pánico.
Para Wolff, no son gestos de fortaleza, sino actos desesperados. Si el comercio migra a UNIT, Estados Unidos pierde la capacidad de usar sanciones financieras y chantaje tecnológico como herramientas de política exterior. Pierde, en suma, su capacidad de castigar sin disparar.
La paradoja es evidente: cuanto más presiona Washington, más acelera la transición. Obliga a México a buscar refugios financieros alternativos, a blindar su soberanía económica y a diversificar alianzas. El efecto búmeran vuelve a cumplirse: la intimidación produce independencia.
Cuando el cambio llega a la vida cotidiana
Wolff insiste en que este giro no es abstracto. Afecta a la vida diaria. Remesas casi sin comisiones, créditos menos expuestos a la volatilidad del peso, pequeñas y medianas empresas exportando directamente a Asia sin pasar por Wall Street. La soberanía financiera deja de ser un concepto académico y se convierte en experiencia concreta.
Y con esa experiencia cambia la política. Tener alternativas reales permite decir “no” sin provocar el colapso económico. Y eso altera radicalmente el equilibrio de poder.
El fin del privilegio
En conjunto, Wolff sostiene que el monopolio del dólar se ha resquebrajado. Estados Unidos ya no puede imprimir dinero sin límites y trasladar el coste al resto del mundo. La intervención en Venezuela, la presión sobre México y el tono cada vez más agresivo no son signos de control, sino de transición forzada.
La imagen final es incómoda pero clara: durante décadas, México solo podía hablar “dólar” para entenderse con el mundo. Washington controlaba la conversación. Hoy empieza a manejar un nuevo idioma financiero. Y cuando el lenguaje cambia, el poder deja de estar donde siempre estuvo.
El imperio puede seguir golpeando. Pero cada golpe confirma lo mismo: que ya no manda como antes.
[[File:Petróleos de Venezuela Logo.svg|Petróleos_de_Venezuela_Logo]]
La reciente afirmación de que Caracas entregará entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos de forma inmediata —el equivalente a uno o dos meses de producción— no es un simple dato técnico. Es una radiografía brutal de cuáles son los intereses reales que han guiado la política estadounidense hacia Venezuela durante años. Y, sobre todo, desmonta la narrativa moralista que pretendía justificar sanciones, bloqueos y presiones bajo la bandera de la “democracia”, como han hecho con su actual invasión y secuestro de Maduro. Porque cuando el petróleo entra en juego, las máscaras caen rápido. Durante más de una década, Washington ha presentado sus acciones contra Venezuela como una defensa de valores democráticos. Sin embargo, la rapidez con la que ahora se aseguran el acceso a millones de barriles revela otra cosa: que el conflicto nunca fue ideológico, sino comercial. Que la prioridad no era la libertad del pueblo venezolano, sino asegurar el flujo energético hacia Estados Unidos en un momento de tensión global.
La entrega inmediata de semejante volumen de crudo no es un gesto menor. Es una apropiación estratégica que, en cualquier otro contexto, habría sido presentada como una amenaza para la soberanía venezolana. Pero cuando el beneficiario es Washington, el relato cambia. La coherencia nunca ha sido el fuerte de las potencias cuando sus intereses económicos están en juego. Y es precisamente esa lógica —la del interés por encima de la legalidad— la que ha llevado a que Estados Unidos actué en Venezuela saltándose principios básicos del derecho internacional, con intervenciones encubiertas, invasión y un acto de guerra que, en la práctica, han tenido efectos equivalentes a una agresión. La reciente acción contra Venezuela ha sido una forma de intervención que vulnera la soberanía del país, impulsada por el mismo motivo que hoy explica la entrega acelerada de barriles: el petróleo. La pregunta es inevitable: ¿Cuántos años de sufrimiento económico en Venezuela podrían haberse evitado si la prioridad hubiera sido el bienestar de la población y no el control del crudo?
Este episodio no solo expone la hipocresía de la política exterior Estadounidense. También obliga a reflexionar sobre la fragilidad de los discursos que se construyen para justificar intervenciones, bloqueos y agresiones. Cuando el petróleo entra en escena, la moral desaparece. Y lo que queda es un negocio. Un negocio que, una vez más, se hace a costa de un país convertido en tablero de ajedrez en la disputa energética global.
La reciente decisión del Gobierno de la Comunidad de Madrid de destinar 500 millones de euros a empresas privadas como Quirón y Ribera Salud ha reavivado un debate que nunca llegó a cerrarse: ¿hasta qué punto la administración regional está comprometida con la sanidad pública, y hasta qué punto está impulsando un modelo de privatización encubierta? Diversos colectivos sanitarios, plataformas ciudadanas y profesionales del sector sostienen que este movimiento no es un hecho aislado, sino la continuación de una estrategia que lleva años debilitando la red pública para justificar su externalización.
El patrón se repite: recortes, saturación, falta de personal, listas de espera interminables… y, en paralelo, un flujo constante de dinero público hacia empresas privadas que operan con criterios de rentabilidad.
Esta operación señala que Quirón y Ribera Salud no son simples proveedores: son conglomerados empresariales con intereses expansivos en el negocio sanitario. Entregarles 500 millones de euros en plena crisis de atención primaria y con hospitales públicos al límite es una decisión política que prioriza el beneficio privado sobre el derecho universal a la salud. Además, hay que recordar que estos contratos suelen firmarse con escasa transparencia, con cláusulas difíciles de fiscalizar y con resultados que, según múltiples informes independientes, no siempre mejoran la calidad asistencial.
Mientras tanto, los centros de salud de barrios y municipios madrileños continúan denunciando falta de personal, agendas imposibles y condiciones laborales que empujan a profesionales a abandonar el sistema público. Las urgencias extrahospitalarias siguen sin estabilizarse, y las listas de espera quirúrgica baten récords año tras año. La ecuación es clara: si se infrafinancia lo público y se sobrealimenta lo privado, el deterioro no es un accidente, sino una consecuencia buscada.
Organizaciones ciudadanas y profesionales sanitarios insisten en que este tipo de decisiones no solo afectan al presente, sino que condicionan el futuro del sistema sanitario madrileño. Temen que cada euro desviado hacia empresas privadas sea un ladrillo más en la construcción de un modelo dual: una sanidad pública empobrecida para la mayoría y una privada floreciente para quien pueda pagarla. La pregunta ya no es si se está privatizando la sanidad madrileña, sino a qué velocidad y con qué consecuencias para la población.
Mientras medio país desconecta por Navidad y los informativos se llenan de luces, lotería y balances amables, el Gobierno ha aprovechado el silencio social para colar una excepción clave en el Real Decreto-ley que supuestamente debía cortar toda relación militar con Israel. El resultado: España sigue comprando y permitiendo armamento vinculado al Estado que está ejecutando el genocidio en Gaza, con total cobertura legal y sin coste político inmediato. El Ejecutivo vendió el RDL como un giro histórico: prohibición de venta de armas, veto al tránsito por puertos y aeropuertos, y ruptura con la industria bélica israelí. Pero el texto incluye una cláusula que lo cambia todo: se permiten excepciones cuando esté en juego el “interés nacional” o proyectos estratégicos de la industria militar española. Traducido: el embargo no es un embargo.
La excepción tiene nombre y apellidos. El Gobierno ha decidido excluir de facto a grandes programas militares liderados por Airbus, alegando que muchos de sus sistemas —aviones de transporte, reabastecimiento aéreo, drones o equipos electrónicos— dependen de tecnología y componentes israelíes “sin sustitución inmediata”. Es decir, si la economía y la industria militar española lo necesitan, el genocidio puede continuar. La consecuencia directa es que España sigue importando tecnología militar israelí, sosteniendo contratos y manteniendo viva una cadena de valor que acaba en bombardeos sobre población civil. Todo ello mientras el Ejecutivo mantiene el discurso público de condena y se presenta como actor “responsable” en el escenario internacional. Un embargo de cara a la galería No es un error técnico ni un descuido legal. Las excepciones estaban previstas desde el principio. El Gobierno sabía que sin ellas el decreto chocaría con los intereses de Defensa, con compromisos internacionales y con los grandes actores de la industria armamentística. Por eso el RDL se diseñó con una doble cara: gesto simbólico hacia la opinión pública y vía libre real para que el negocio continúe. Un embargo que permite seguir comprando, colaborando y produciendo material militar vinculado a Israel, siempre que se haga bajo el paraguas adecuado.
Organizaciones pro-palestinas como Rescop y sectores políticos críticos lo han denunciado con claridad: no se puede afirmar que se rompe con el genocidio mientras se siguen alimentando sus engranajes genocidas.
El Gobierno quiere el relato sin asumir las consecuencias. Condenar sin cortar relaciones, se indigna sin romper contratos y habla de derechos humanos mientras protege intereses militares y empresariales. La excepción del RDL es la prueba de que, para el poder, hay vidas que valen menos que un programa industrial. Y mientras nos desean felices fiestas, las bombas siguen cayendo.
Las elecciones en Aragón llegan marcadas por una ruptura que no nace del territorio ni de las organizaciones que llevan años trabajando en él, sino de una maniobra impulsada por Sumar y secundada por Izquierda Unida. Una maniobra que responde más a obsesiones internas y cálculos de supervivencia que a cualquier proyecto político orientado a mejorar la vida de la gente. La entrada de Sumar en Aragón, sin estructura real, sin implantación y sin un trabajo previo que lo justifique, ha actuado como un elemento desestabilizador que ha roto una alianza que había demostrado funcionar —y muy bien— en Extremadura. En lugar de aprender de ese éxito, Sumar ha optado por imponer su marca y su estrategia, aunque eso implique dinamitar espacios de unidad que sí daban resultados.
A esta operación se ha unido Izquierda Unida, que lejos de defender el trabajo conjunto realizado en el territorio, ha decidido alinearse con la estrategia de Sumar. IU vuelve a actuar como un partido del régimen del 78: más preocupado por mantener sillones que por impulsar políticas transformadoras.
En lugar de defender alianzas que funcionaban, IU ha preferido plegarse a una operación que muchos ven como los últimos coletazos de una coalición agotada. Su decisión no responde a las necesidades de Aragón, sino a la lógica de supervivencia de una organización que lleva años priorizando su estructura interna por encima del bienestar de la ciudadanía.
La realidad es evidente: Sumar no cuenta con una base social sólida en Aragón. No tiene militancia organizada, ni presencia institucional significativa, ni un trabajo previo que avale su irrupción como actor decisivo. Aun así, ha decidido imponer su marca y sus intereses, desplazando a quienes sí han estado presentes en luchas locales, movimientos sociales y espacios institucionales.
Esta operación no responde a una estrategia electoral coherente, sino a una lógica de control político: ocupar espacios que no han construido y desplazar a Podemos, incluso si eso implica debilitar al conjunto de la izquierda transformadora.
Lo ocurrido en Aragón no es un caso aislado. Sumar ha priorizado la marginación de Podemos por encima de cualquier proyecto colectivo. La dinámica se repite: en lugar de sumar,restan; en lugar de construir, erosionan; en lugar de fortalecer un bloque transformador, lo fragmentan deliberadamente. La alianza con IU en esta operación solo refuerza esa lectura: una organización que, lejos de actuar con visión de futuro, se aferra a su estructura como si fuera un fin en sí mismo.
La ruptura en Aragón evidencia algo más profundo: Sumar no ha logrado consolidarse como un proyecto estable. Su estructura es débil, su cohesión interna es frágil y su estrategia territorial es errática. La obsesión por desplazar a Podemos se ha convertido en su principal seña de identidad, pero también en el síntoma más claro de su desgaste. Mientras tanto, quienes sí han trabajado en el territorio ven cómo se deshacen alianzas valiosas por decisiones tomadas desde despachos alejados de la realidad aragonesa.
Lo ocurrido en Aragón no es solo un error político:es la confirmación de que Sumar y IU actúan como factores de ruptura, no de unidad. Su intervención sin implantación, su obsesión por desplazar a Podemos y la lógica de supervivencia interna que guía sus decisiones explican por qué una alianza que funcionó en Extremadura hoy está en riesgo.
Según publica El Confidencial, Sumar estaría preparando un nuevo intento de reinventarse y relanzar un proyecto que, a ojos de muchos sectores sociales y militantes, nació como un experimento fallido. La operación, lejos de ser un ejercicio de renovación política, parece más bien un movimiento desesperado para evitar la pérdida de espacios institucionales por parte de IU, Más Madrid, los comunes y la propia Sumar. Estas fuerzas, que en los últimos años han ido perdiendo conexión con amplias capas sociales, buscan ahora reagruparse para frenar el avance de Podemos, especialmente después de lo ocurrido en Extremadura, donde el crecimiento morado ha alterado los equilibrios internos de la izquierda estatal. El mensaje es claro: por separado, muchas de estas organizaciones tendrían enormes dificultades para obtener representación parlamentaria, y la única salida que contemplan es reconstruir un frente común que les permita conservar sus posiciones y privilegios que es lo único que les interesa. Sumar: de promesa transformadora a partido del régimen del 78 Durante esta legislatura, Sumar ha pasado de presentarse como un espacio de renovación a convertirse en un partido más del régimen del 78. Su presencia institucional no se ha traducido en propuestas ambiciosas ni en políticas transformadoras, muy lejos de lo que representó Podemos durante su etapa en el Gobierno. Precisamente aquellas iniciativas que incomodaban al PSOE y que abrían debates profundos sobre vivienda, energía, derechos sociales o democratización del Estado.
La diferencia entre ambos proyectos se ha hecho cada vez más evidente: mientras Podemos ha mantenido un perfil combativo, incluso a costa de pagar un alto precio político y personal, Sumar ha optado por una estrategia de integración en la lógica institucional tradicional, renunciando a confrontar a los poderes económicos y mediáticos.
Los partidos que orbitan alrededor del PSOE y se autodefinen como su ala a la izquierda, aunque no lo sean, parecen más preocupados por mantener su presencia en las instituciones que por impulsar cambios reales. Para muchos sectores sociales, esta “izquierda” ya no representa una alternativa transformadora, sino un complemento dócil del partido socialista. El temor a que Podemos siga creciendo explica buena parte de los movimientos actuales. La formación morada no se deja comprar, que mantiene los pies en la calle y que conoce de primera mano los problemas reales de la gente. Esa conexión social, unida a su capacidad para incomodar a los poderosos, es precisamente lo que diferencia a Podemos de quienes viven encerrados en despachos, desconectados de la realidad cotidiana.
La disputa no es solo electoral, sino de modelo político. Por un lado, un bloque que busca recomponerse para sobrevivir dentro del sistema. Por otro, una fuerza que reivindica su papel como actor incómodo, dispuesto a asumir costes por defender políticas valientes y mejorar la vida de la gente pero de verdad. El intento de reiniciar Sumar puede interpretarse como un movimiento para frenar ese avance y preservar un espacio político que, sin una operación de este tipo, podría diluirse. La pregunta es si la ciudadanía volverá a confiar en un proyecto que ya mostró sus límites o si, por el contrario, optará por quienes aseguran mantener una coherencia política y un compromiso real con las mayorías sociales como ya a demostrado sobradamente Podemos.
Resulta especialmente llamativo el papel de Más Madrid en este nuevo intento de recomposición. En la Comunidad de Madrid, donde es el único territorio en el que conserva una fuerza electoral significativa, el partido mantiene una postura completamente cerrada a cualquier tipo de unión o confluencia. Allí, donde se juega su supervivencia política directa, rechaza de forma tajante cualquier alianza que pueda diluir su marca o cuestionar su liderazgo regional. Sin embargo, en el plano estatal la actitud cambia por completo. Más Madrid se muestra dispuesto a explorar cualquier tipo de acuerdo, coalición o integración dentro de Sumar, incluso aceptando posiciones secundarias o renunciando a parte de su autonomía política, que de todos modos en la Comunidad de Madrid es muy dispersa. Esta contradicción evidencia que su estrategia no responde a un proyecto político coherente, sino a un cálculo estrictamente electoral: proteger su bastión madrileño mientras se asegura presencia en el Congreso a través de una plataforma más amplia. La pregunta que muchos se hacen es evidente: si la unidad es tan necesaria a nivel estatal, ¿Por qué no lo es en Madrid, donde la fragmentación ha debilitado sistemáticamente a la izquierda frente al bloque conservador? La respuesta parece estar más relacionada con la preservación de espacios de poder que con la voluntad real de construir un proyecto transformador.
Izquierda Unida atraviesa desde hace años una situación estructural que condiciona todas sus decisiones: su dependencia casi total de las coaliciones para mantener representación institucional. Desde hace más de una década, IU ha visto cómo su peso electoral se reducía de forma constante, hasta el punto de que, en la mayoría de territorios, presentarse en solitario equivaldría a desaparecer del mapa político por eso se acerco a Podemos. Esta fragilidad explica su predisposición permanente a integrarse en cualquier plataforma que le garantice presencia parlamentaria, incluso a costa de diluir su identidad política. IU ha pasado de ser un espacio con proyecto propio a convertirse en una organización cuya prioridad es asegurar puestos en listas conjuntas, más que impulsar una agenda transformadora. En este contexto, Sumar se presenta como la tabla de salvación que evita un descalabro electoral aún mayor y que no tenga que enfrentarse a los poderosos. La paradoja es evidente: una fuerza que históricamente defendió la autonomía política de la izquierda se ha convertido en uno de los pilares más dependientes de las alianzas para sobrevivir. Y esa necesidad condiciona su alineamiento actual con Sumar, incluso cuando el proyecto muestra signos claros de desgaste.
El caso de los comunes sigue una lógica similar, aunque con matices propios del espacio catalán. Desde su integración en Sumar, los comunes han adoptado una posición de alineamiento casi total con la dirección estatal del proyecto. Su estrategia pasa por reforzar la marca Sumar en Cataluña, incluso si eso implica renunciar a parte de su identidad política y a la autonomía que en su día reivindicaron. Este alineamiento responde a dos factores clave. Por un lado, la pérdida de influencia que han sufrido en Cataluña frente a otras fuerzas progresistas y soberanistas. Por otro, la necesidad de mantener presencia en el Congreso, algo que sería mucho más difícil sin una plataforma estatal que les garantice visibilidad y estructura. El resultado es un espacio que, lejos de recuperar el impulso transformador que tuvo en sus inicios, se ha acomodado en una posición subordinada dentro de Sumar. Los comunes han pasado de ser una fuerza que aspiraba a cambiar las reglas del juego a convertirse en un actor que se limita a sostener un proyecto en declive.
Mi conclusión:
El intento de Sumar de reinventarse para no desaparecer, la cerrazón territorial de Más Madrid combinada con su apertura estatal, la dependencia estructural de IU de cualquier coalición que le garantice supervivencia y el alineamiento acrítico de los comunes dibujan un panorama claro: estamos ante un bloque político que se mueve por inercia, más preocupado por conservar espacios que por transformar la realidad. La mal llamada “izquierda del PSOE” se ha convertido en un conjunto de organizaciones atrapadas en su propia lógica institucional, incapaces de ofrecer un proyecto ilusionante, coherente o valiente. Su prioridad no es la ciudadanía, sino la continuidad de sus estructuras internas. Por eso buscan recomponerse una y otra vez, aunque el resultado sea un proyecto cada vez más débil, más burocrático y más alejado de la calle.
Frente a ello, Podemos emerge como la única fuerza que mantiene un rumbo propio, que no se deja domesticar y que sigue dispuesta a confrontar a los poderes económicos, mediáticos y políticos, incluso cuando eso implica pagar un precio alto. Esa diferencia —la coherencia, la valentía y la conexión real con los problemas cotidianos— es precisamente lo que explica por qué intentan frenar su avance a toda costa. La batalla que se abre no es solo electoral: es una disputa entre dos modelos de entender la política. Uno que se aferra a los despachos, a los pactos internos y a la supervivencia institucional. Y otro que sigue apostando por la calle, por la gente común y por la transformación profunda del país, como es Podemos. El tiempo dirá cuál de los dos proyectos conecta con una ciudadanía cansada de simulacros y ansiosa de cambios reales. Pero lo que ya es evidente es que, mientras unos se reorganizan para no desaparecer, otras siguen construyendo para ganar.
El discurso del rey de ayer volvió a evidenciar una fractura cada vez más visible entre la pompa de la institución monárquica y la realidad cotidiana de millones de personas. En un país donde la vivienda se ha convertido en un lujo inalcanzable, donde los salarios siguen sin cubrir el coste de la vida y donde la precariedad marca el día a día de amplias capas sociales, el mensaje del monarca sonó a ceremonia vacía, pronunciada desde un palacio que simboliza exactamente lo contrario de lo que vive la mayoría. Mientras la ciudadanía lidia con alquileres imposibles, hipotecas asfixiantes, trabajos temporales y sueldos que no llegan a fin de mes, el discurso evitó cualquier referencia directa a estos problemas estructurales. La ausencia no fue casual: fue política. En un momento en el que la desigualdad crece y la frustración social se acumula, el silencio sobre estas cuestiones resulta elocuente.
Un mensaje anclado en el pasado El rey dedicó buena parte de su intervención a ensalzar el llamado “espíritu de la Transición”, presentado una vez más como un pacto modélico, casi sagrado, que habría dado forma a la democracia actual. Sin embargo, esa visión idealizada oculta las sombras de un proceso que estuvo lejos de ser limpio o plenamente democrático. La Transición del 78 dejó intactas estructuras de poder, blindó privilegios y consolidó un modelo institucional que hoy muestra claros signos de agotamiento. Reivindicarla sin matices, como si fuese un dogma incuestionable, no solo impide revisar críticamente sus límites, sino que bloquea la posibilidad de imaginar un país más justo y más democrático.
Desde Podemos, la lectura del discurso ha sido especialmente crítica. La formación ha señalado que el mensaje del rey “no representa a la España real”, y que vuelve a ignorar los problemas que más preocupan a la ciudadanía: el acceso a la vivienda, la precariedad laboral, la crisis climática, la corrupción y la necesidad de democratizar instituciones que siguen funcionando con lógicas heredadas del pasado. Podemos también ha subrayado que la insistencia en glorificar la Transición es una forma de evitar debates urgentes sobre el modelo de Estado, la calidad democrática y la necesidad de ampliar derechos. Para la formación, el discurso fue “rancio, continuista y desconectado”, una muestra más de que la monarquía “no está a la altura del momento histórico”.
La distancia entre el mensaje institucional y la realidad social no es solo un problema de comunicación: es un síntoma de un modelo que ya no responde a las necesidades del presente. España vive una crisis de vivienda sin precedentes, una precariedad laboral estructural y un deterioro del poder adquisitivo que golpea especialmente a jóvenes y familias trabajadoras. En este contexto, un discurso que evita nombrar estos desafíos y se refugia en la nostalgia del 78 no solo resulta insuficiente: resulta anacrónico.
El discurso del rey de ayer fue una oportunidad perdida. En lugar de ofrecer un análisis honesto de los problemas que atraviesan el país, optó por un mensaje conservador, ceremonioso y desconectado. Mientras la ciudadanía exige soluciones reales, la institución monárquica parece seguir instalada en un tiempo que ya no existe. España necesita un debate profundo sobre su futuro, sus instituciones y sus prioridades. Y ese debate no puede construirse desde la opulencia de un palacio ni desde un relato congelado en 1978, sino desde la realidad viva de quienes sostienen el país cada día.
La controversia política golpea de nuevo al Ayuntamiento de Parla, hoy se ha dado un paso más tras conocerse que un juzgado ha admitido a trámite el recurso contencioso-administrativo presentado contra el decreto del alcalde que modifica la portavocía municipal. La decisión judicial abre un proceso para analizar la legalidad del cambio impuesto por el gobierno local. El origen del conflicto se sitúa en el decreto mediante el cual el alcalde de Parladecidió unilateralmente retirar la portavocía a Podemos Parla para repartirla con Izquierda Unida. Desde Podemos se sostiene que esta decisión vulnera la autonomía de los grupos municipales, ya que la organización interna de los mismos no puede ser determinada de forma unilateral por el alcalde ni por el ejecutivo municipal, sino que corresponde a cada grupo político. La admisión a trámite de la denuncia supone que el juzgado aprecia indicios suficientes para estudiar el fondo del caso, lo que refuerza el debate político y jurídico sobre si el decreto se ajusta o no a derecho. Podemos Parla considera que se trata de un paso relevante en la defensa de los derechos de la oposición y del funcionamiento democrático de la institución.
El gobierno municipal, integrado por PSOE y Más Madrid, ha respaldado el decreto, situando a Más Madrid también en el centro de las críticas al formar parte del ejecutivo que ha avalado la medida. Para Podemos, esta posición convierte a ambos partidos en responsables políticos de una decisión que consideran arbitraria. Izquierda Unida aparece como la formación beneficiada por el cambio. El concejal de IU, que ha apoyado al PSOE en votaciones clave como la aprobación de la tasa municipal de basuras, ha asumido parte de la portavocía y ha visto incrementada su retribución. Desde Podemos se denuncia que este contexto proyecta una imagen de intercambio de apoyos políticos por beneficios institucionales.
El conflicto se produce tras la salida de Podemos Parla del gobierno municipal. La formación abandonó el ejecutivo en desacuerdo con la decisión del PSOE y Más Madrid de destinar fondos públicos a la financiación de la tauromaquia. Desde entonces, la concejala de Podemos Parla, Carla Escudero Valero, ejerce la oposición desde fuera del gobierno. La situación se produce además en un municipio especialmente marcado por los precedentes de corrupción. Parla estuvo vinculada a la trama Púnica, que afectó al exalcalde socialista José María Fraile, y en los últimos días se ha conocido la imputación de cinco alcaldes en nuevas actuaciones relacionadas con este caso. Este contexto ha reactivado el debate sobre la necesidad de extremar las garantías democráticas y la transparencia en la gestión municipal. Con el recurso ya admitido a trámite, será ahora la vía judicial la que determine si el decreto del alcalde se ajusta a la legalidad vigente. Mientras tanto, el caso mantiene abierta una fuerte confrontación política en el Ayuntamiento de Parla y pone el foco en los límites del poder del ejecutivo local frente a los derechos de los grupos de la oposición.
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